Caminante…“Yo sigo mi camino”

Carlos y Niche sosteniendo la fotografía de Víctor.

 

Por Magalí Heredia (*)

 

Bahía Blanca

 

“Mi último recuerdo es un abrazo que nos dimos en octubre del 73 cuando se vino exiliado a Argentina. Mi papá lo vino a dejar a la frontera, yo me quedé en Temuco con mi mamá. El abrazo que nos dimos fue un abrazo de jóvenes, de militantes y de hermanos, pero él me expresó una frase que no se me ha olvidado nunca: Mira, va a ser lo mismo aquí o allá, yo sigo mi camino”.

 

En este momento hay un hombre del otro lado de la cordillera que piensa en su hermano y revive el momento de la despedida. Un mes antes, ambos habían sido secuestrados y torturados por la Fuerza Área chilena en la Base de Maquehue por espacio aproximado de una semana, a pocos días de que el gobierno constitucional del presidente Salvador Allende fuera derrocado por el genocida Augusto Pinochet Ugarte. Cuando los militares detuvieron a Víctor Oliva Troncoso por segunda vez, y le confirmaron que sería ejecutado, el exilio se hizo impostergable.

“Mira, va a ser lo mismo aquí o allá, yo sigo mi camino”. Esas fueron las últimas palabras que Carlos Oliva escuchó de Víctor, su hermano mayor. Tenían 20 y 22 años. Se abrazaron para toda la vida.

* * *

Fueron cuatro años de estudiados preparativos para un viaje por Argentina en busca de tantos otros brazos que estrecharon los de Víctor. A 40 años de aquella despedida, Carlos llegó a la ciudad de Bahía Blanca, ubicada al sur de la provincia de Buenos Aires, en el calor de fines de enero, siguiendo las huellas de un camino como piezas de rompecabezas. El camino que trazó Víctor después de aquel abrazo.

Esa misma semana, Niche estaba de vacaciones en la ciudad. Nadie sabía lo que estaba por suceder.

La casa donde Niche transcurrió su infancia formaba parte de las instalaciones de la Iglesia Metodista Central en Bahía Blanca. Su hogar se convirtió –tras el golpe de Estado en Chile- en el de cada vez más jóvenes exiliados y refugiados que escapaban del infierno pinochetista. Junto a sus padres -oriundos del Chile de otra época- y a sus hermanos, fueron familia para quienes habían quedado huérfanos de su patria.

Desde la iglesia metodista local se contenía a quienes iban llegando mes tras mes, y se los orientaba en los trámites ante el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), facilitando la salida a Europa de las personas cuya vida había comenzado a peligrar en Argentina por la presencia de grupos paramilitares que actuaban impunemente en la antesala del golpe cívico-militar-eclesial del 76.

Entre las curiosas empresas que se organizaron para el sostenimiento de las familias se destaca una cooperativa de trabajo que se había propuesto fabricar camisetas y calzoncillos. El emprendimiento era dirigido por el pastor metodista Aníbal Sicardi y coordinado por el ex Director General de Ferrocarriles de Salvador Allende, exiliado en Bahía Blanca, de apellido Figueroa. Desde el 74 Sicardi supervisaba las iglesias metodistas de la Patagonia, a la vez que pastoreaba la congregación de Central.

Pese al entusiasmo y a la necesidad de trabajo, el acoso de la SIDE era incesante y pronto se debió abandonar la empresa. Un amigo de Sicardi, que lo ayudaba con la interpretación de los aprietes oficiales, le explicó que la idea de establecer centros de costura en los barrios de la ciudad encubría, en el maniqueo del poder fáctico, una incipiente red de “células terroristas”, por lo que la confección de calzoncillos y camisetas debía interrumpirse. Figueroa fue uno de los tantos que tuvieron que volver a emigrar, en su caso a la entonces Unión Soviética.

* * *

El 22 de octubre de 1973, Víctor se despide de su hermano menor y emprende un viaje que comenzaría uniendo Temuco con Neuquén. Hasta ese día, Lalo –como cariñosamente lo llamaban sus familiares y amigos- cursaba tercer año de Pedagogía en Castellano en la Pontificia Universidad Católica de Temuco, representaba a los estudiantes en el Senado Universitario de la sede local y militaba en el Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR). En su paso por Buenos Aires, le otorgan la residencia temporal y la categoría de refugiado. Era el verano del 74. En marzo de ese año, ya en Bahía Blanca, ingresa en la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad Nacional del Sur y se establece en el barrio dispuesto para estudiantes de esa casa de altos estudios (allí se alojaron Carlos y su hija Daniela durante su visita). También comienza a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT).

A unos seis meses de llegar a Bahía Blanca lo amenazan de muerte a plena luz del día cuando caminaba por el puente de la avenida Alem, una de las principales arterias de la ciudad. Era el preludio de lo que estaba por venir. En mayo del 75, la UNS es intervenida por el rector Remus Tetu, un célebre integrante de la Alianza Anticomunista Argentina o “Triple A”, el grupo paramilitar que respondía a López Rega, ministro de Bienestar Social y secretario personal de Juan Domingo Perón.

A la hora de la siesta invernal, una patrulla policial se instala en el cruce de las calles céntricas Alsina y Soler impidiendo el paso de todo otro vehículo o persona. Casi en simultáneo, una fiambrera blanca estaciona sobre Mitre y bajan de ella dos hombres apuntando ametralladoras. Ni tiempo a reaccionar. Lo empujan hacia el interior de la camioneta, y se lo llevan.

Una niña de 11 años observaba la escena desde la vereda de enfrente. El grito atrancado por el pánico. Diez minutos antes estaba por alcanzarlo, por saludarlo, por contarle que estaba haciendo tiempo para que abriera la librería donde compraría el mapa con división política que le había pedido la seño de la escuela. Desde hacía unas tres cuadras seguía a una distancia de pasos a ese hermano adoptivo que le duplicaba la edad y que salía a la calle después de dejar unos pantalones para que su mamá del corazón le hiciera el dobladillo.

Niche corrió hasta la librería que acababa de abrir, le temblaban las rodillas, y a través del gran ventanal siguió con la vista lo que estaba ocurriendo. La fiambrera blanca desapareció, también el patrullero con los policías. Entonces corrió y corrió hasta ver la puerta del pasillo que siempre permaneció abierta durante los años de dictadura. “Levantaron a Víctor, levantaron a Víctor” gritaba mientras cruzaba el pasillo de la iglesia hasta su casa.

La Triple A había secuestrado a Víctor en la temprana tarde del 2 de julio de 1975. Ese mismo día, su cuerpo fue hallado a 15 kilómetros del centro de Bahía Blanca, en el paraje “El Pibe de Oro” ubicado en la ruta 3 Sur, en el acceso a la localidad de General Daniel Cerri. Las ametralladoras habían sido usadas con ensañamiento bestial y unos ejemplares de la publicación del PRT-ERP “El Combatiente” aparecían esparcidos en el piso montando la escena del crimen.

Un memorando elaborado por el jefe de la Comisaría Seccional Segunda de Bahía Blanca, Comisario Francisco Ríos, fechado el 2 de julio de 1975 informa “para conocimiento del Señor Jefe de la Delegación del D.I.P.B.A” (Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires) que “…con intervención del Señor Juez Federal de esta ciudad, Doctor Francisco Bentivegna, caratulado homicidio calificado, del que resultara víctima N.N. y acusados ignorados hasta el momento, infórmele al Señor Jefe lo siguiente: Que en el día de la fecha, siendo las 16.45 horas, el Oficial Sub Inspector Gustavo Abel Boccalari, Encargado de la Sub Comisaría de General Daniel Cerri, toma conocimiento por aviso del Señor (tachado), argentino, de 52 años de edad, casado, empleado de Vialidad Nacional, domiciliado en Gurruchaga 252 de General Daniel Cerri, que en el camino de tierra vecinal, que une General Cerri con el almacén denominado ‘El Pibe de Oro’ se encontraba el cuerpo sin vida de una persona del sexo masculino, que presentaba a simple vista varios impactos de bala sobre su cuerpo. Trasladado de inmediato el suscripto hasta el lugar, juntamente con el médico de policía, fotógrafo, ambulancia y el citado oficial, se constata la verdad de lo antes expresado”. Agrega que “…habría fallecido aproximadamente unas cuatro o cinco horas de ser encontrado” y que “la víctima tenía aprisionado entre el brazo derecho y el tórax cuatro ejemplares de la revista ‘El Combatiente’, dos ejemplares del número 170 y dos del número 171, lo que hace suponer que la víctima tenía alguna vinculación con la organización declarada ilegal ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). En el escenario del hecho secuestróse 11 capsulas calibre 45; 17 capsulas calibre 9 mm y una calibre 22 mm”.

Vino la diáspora de exiliados y refugiados chilenos, nadie podía creer que se tratara del entrañable y carismático Víctor. Le siguió la búsqueda de su cuerpo y el difícil reconocimiento que realizaron Aníbal Sicardi y Guido Bello Henríquez, amigo y compatriota de Víctor, y también –como él– regufiado por Naciones Unidas.

Al dolor y la indignación se sumó tener que lidiar con el cónsul chileno. El diplomático le explicó a Sicardi que para poder autorizar la repatriación del cuerpo de Víctor debía consultar previamente al Ejército y a la Iglesia Católica (Romana), todo lo cual llevaría tiempo. Bajo advertencia de colocar la denuncia de lo ocurrido ante organismos internacionales como el Consejo Mundial de Iglesias, se acordó un plazo de 48 horas.

* * *

Bruno, Magalí, Carlos, Niche, Daniela y Aníbal en la casa pastoral de la Iglesia Metodista Central de Bahía Blanca. 23 de enero de 2014.

La última pieza del rompecabezas del que Sicardi tenía conocimiento hasta el verano del 2014, era una carta que recibió firmada por los padres de Víctor en donde le agradecían las gestiones realizadas para la repatriación de los restos de su hijo. Pero Carlos, casi 40 años después, aportó otra pieza. Expresó antes quienes estábamos reunidos a la mesa de la casa pastoral que luego de la noticia del asesinato, la familia recibió un llamado de un representante de ACNUR que les presentó dos opciones excluyentes, evidenciando la situación límite que se vivía. Podían elegir repatriar el cuerpo de Víctor o bien permitir que el dinero que implicaba el traslado fuera destinado a financiar el exilio de más ciudadanos chilenos cuyas vidas peligraban en Argentina. Conmovedora respuesta. Un tío materno, Manuel Troncoso, gestionó el traslado del cuerpo de Víctor a la Patagonia, precisamente a Cipolletti, en la provincia de Río Negro. Fue sepultado en su Temuco natal recién en junio de 1985.

Niche destacó de Víctor su personalidad fuerte y su sonrisa ancha. Lo describió como un líder natural entre sus compañeros y como una persona muy querida. Recordó cuánto le gustaban a Víctor las empanadas que su mamá preparaba, y que en su casa se compartía cotidianamente con los exiliados chilenos y se conversaba mucho sobre política. Evocó el tremendo impacto que tuvo la noticia del asesinato, especialmente para su madre que quería a Víctor como a un hijo. Nos contó que ella y su hermana eligieron llamar a sus hijos con su nombre. Fue entonces cuando Carlos se permitió lágrimas, que fueron compartidas.

“Me doy cuenta que en un pequeño sector de la sociedad de Bahía con la cual yo me he encontrado, y con la cual como familia estoy agradecido, mi hermano ha sido recordado. En esta iglesia por ejemplo, incluso por gente que no lo conoció. Que se trasmitió la historia oral. Y eso muestra que su paso, y su opción, alguna huella dejó. Eso habla bien de él y es el Lalo que yo conocí”, expresó Carlos que además de militar el amor de hermano es el presidente de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de la Araucanía.

Indagando sobre los porqués del asesinato, Carlos menciona el Informe Rettig elaborado por Memoria Viva, de Chile. El mismo sostiene que “Ponderando los antecedentes específicos de este caso, y considerando el contexto de las acciones que se ha comprobado la DINA realizaba en la Argentina en ese período, la Comisión llegó a la convicción de que en la muerte violenta de Víctor Oliva le cupo responsabilidad a la DINA, aunque sus agentes no hayan sido los autores materiales del asesinato. El método de la ejecución corresponde al padrón de actuación del grupo extremista argentino ‘La Triple A’, que actuó en coordinación o colaborando con la DINA en Argentina”. Y agrega: “La Comisión estima también que es muy probable que tal asesinato formó parte de una maniobra de desinformación de la DINA, cuyos episodios más publicitados (El caso ‘Colombo’ y las listas de ‘Los 119’) tuvieron lugar poco después de la muerte de Víctor Eduardo Oliva. También es probable que se buscara intimidar a los chilenos militantes de izquierda que vivían en la Argentina”.

Este verano, tanto Niche como Carlos y el pastor Sicardi, aportaron testimonios y pruebas en la Unidad Fiscal de Derechos Humanos a cargo de los fiscales Miguel Ángel Palazani y José Nebbia, en relación al secuestro y asesinato de Víctor. El dato de que su detención fue ejecutada con la intervención de la fuerza policial confirmaría la participación del Estado y la aplicación de la figura legal de delito de lesa humanidad que como tal no prescribe.

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Carlos y Sonia reciben el Título de Víctor en la Pontificia Universidad Católica sede Temuco. 8 de septiembre de 2014.

El lunes 8 de septiembre de este año Víctor recibió su Título como estudiante de Pedagogía en Castellano en el Aula Magna de la Pontificia Universidad Católica, en Temuco. Un reconocimiento póstumo -iniciativa del rector de la UCT Aliro Bórquez- que llegó después de casi dos años de gestiones. El Consejo Directivo de esa Universidad, decidió “por opinión unánime otorgar el título de Profesor Emérito a Omar Venturelli Leonelli, académico Detenido Desaparecido en Octubre de 1973 y el título póstumo al alumno Víctor Oliva Troncoso, Ejecutado Político en Julio de 1975. Ambos, el profesor Venturelli y el alumno Oliva, hasta Septiembre de 1973, pertenecían a la Pontificia Universidad Católica, sede Temuco”. El título de Víctor fue entregado a sus hermanos Sonia y Carlos, y María Paz Venturelli viajó desde Italia para recibir el de su padre.

Víctor recibe el Título Póstumo de “Pedagogía en Castellano” en el Aula Magna de la Universidad.

El Obispo de Temuco, monseñor Héctor Vargas, dijo que “el gesto fue muy profundo y emotivo, porque nos hizo retroceder 40 años y todos arrastramos algún dolor que nos hace ver la tarea pendiente”.

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Uno nunca está preparado para comprender de qué manera se arma un rompecabezas de tantas piezas. Pero Dios siempre nos muestra el camino para ayudarnos a vivir siendo “guardas” de nuestros hermanos.+ (PE)

 

(*) Comunicadora. Presidenta Junta Directiva de la Iglesia Metodista Central de Bahía Blanca.

 

SN 0680/14

 

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