Lo que nos mueve

Lucha Social

Por Pep Castelló

Barcelona

Vivimos tiempos difíciles. En unos pocos años hemos retrocedido siglos de lucha social. El absolutismo que hoy impera nada tiene que envidiar al de los viejos tiempos, cuando la realeza era quien dictaba las leyes a su antojo. Hoy quienes las dictan son las entidades financieras, las cuales no son elegidas democráticamente, como tampoco lo eran los reyes.

Nuestra maravillosa civilización occidental, de raíz supuestamente cristiana, ha generado sociedades con muy poca conciencia social y sin más principios que la propia conveniencia.

Damos por bueno lo que nos va bien y nos importa muy poco si a alguien le va mal. Propiedad privada y competencia son principios que nadie discute, pese a que están destruyendo la naturaleza y acabarán con la especie humana en menos tiempo del que la gente imagina. El capitalismo ha impuesto su ideología en todo el mundo “civilizado”.

Pese a esa falta de conciencia social que señalamos, la cual fue el motor de las luchas de clases de final del siglo XIX y principio del XX, se dan protestas colectivas. La gente sale a la calle y pone el cuerpo.

Y no siempre lo hace con la idea clara de alcanzar un fin, sino con la de testificar con su presencia un descontento que late en lo hondo de la mayor parte de la sociedad. Ahí tenemos las “primaveras árabes” del 2010, el 15M español de 2011, y toda una serie de movimientos de similares características que se sucedieron y todavía se dan.

Una de las cosas que caracteriza a esos movimientos de masas es la ausencia de un fin político debidamente razonado. La gente protesta porque está harta.

Si alguien les dijo que con esas protestas iban a alcanzar la Luna, puede ser que se lo crean o puede que no, pero eso no impide que salgan a la calle, porque lo que une a todo ese gentío es el hartazgo, Coinciden en su deseo de cambiar lo que no les gusta y en la necesidad de creer que con su protesta pueden desterrar la opresión y alcanzar una libertad satisfactoria.

Sin duda los poderes políticos se valen de ese sentimiento colectivo para fines que nada tienen que ver con lo que el pueblo desea.

Ya vimos en qué quedaron las revueltas norteafricanas, así como la escasa repercusión política del 15M español. El poder sigue en las mismas manos y las posibilidades de quitárselo son más que remotas. La fuerza represiva de los estados es cada vez mayor y a ella hay que añadirle actualmente la capacidad de persuasión de los medios informativos que controla.

Si miramos fríamente los movimientos de protesta actuales veremos que los hay de dos clases, los espontáneos, que responden a quejas más o menos concretas de la ciudadanía, y los dirigidos, que suelen tener fines más políticos que sociales y que tienen siempre una gran carencia de reflexión colectiva en torno al objetivo final. Quienes en estos últimos se manifiestan siguen consignas, pero en ningún momento se da un debate profundo de las afirmaciones que contienen. Y así, puede ocurrir que el pueblo esté luchando por objetivos que ni siquiera sospecha.

Ninguna de las dos clases de protestas que acabamos de referir son revolucionarias.

No se proponen cambiar el orden establecido sino hacer que quienes gobiernan tomen conciencia de que pueden tener una grave pérdida de votantes en beneficio de sus opositores, algo que siempre preocupa a los políticos. Son protestas vacías de esperanza. No hay estrategia ni plan alguno previamente establecido. Es casi un darle gusto al cuerpo, porque el descontento no se puede ya contener. Protestamos con la convicción honda de que nada sustancial vamos a cambiar. Pero si más no, sembramos.

Hace años que perdimos la esperanza de alcanzar la utopía. La sabemos cada vez más lejana.

Pero no perdemos la Fe que nos mueve a luchar. Hacemos lo que creemos que debemos hacer. Lo hacemos con plena conciencia, con convicción profunda, porque ese hacer, ese luchar es lo que nos mantiene vivos. Lo que nos permite vivir sin esperanza, a la vez que no nos deja caer en la desesperanza.

No es triste luchar así.

Somos conscientes de que el cambio no es posible, pero no nos resignamos. Somos conscientes de las grandes fronteras que hay dentro de nuestro mundo entre el cuarenta por ciento acomodados y el sesenta por ciento desposeído. Sabemos que los de arriba seguirán estando siempre arriba y que nosotros, pueblo, estaremos siempre abajo. Pero aun así protestamos. Tenemos necesidad de protestar.

Somos pueblo, pero seres vivos, no objetos. Quien nos quiera esclavizar va a tener que enfrentarnos. (PE)

SN 418/17

 

 

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