ZAFFARONI Y LA PACHAMAMA

la-pachamama-y-el-humano-tapaLa Pachamama y el Humano

Por Carlos A. Valle

Buenos Aires

“…debemos actuar respetando a otros seres con derechos y cuyo reconocimiento es condición de nuestra propia supervivencia como especie interdependiente de otras y de otros entes terrenos en su existencia, y que permitirá un fortalecimiento de la capacidad de escucharnos entre nosotros y de escuchar lo que nos dicen todos demás entes del planeta.” (p. 134) Esta comunicación del ser humano que con la entera creación hacen real la vida misma condensa el pensamiento de Zaffaroni en su “La Pachamama y el humano”. (*)

Para llegar a esta conclusión comienza por enfrentar una pregunta cargada de compleja historia: ¿Solo los seres humanos pueden gozar de derechos? Las diversas manifestaciones sobre el trato con los animales y, posteriormente, con la naturaleza misma, se ha convertido en una historia marcada por la crueldad, la depredación, pero también por la comprensión de una nueva visión que desafía anquilosadas ciudadelas.

Zaffaroni, con su reconocida autoridad, hace mención a una variedad de temas –y es sorprendentemente llamativa la mención articulada y entrelazada de todos ellos- en un condensado desarrollo de los estadios que fueron definiendo la comprensión de las relaciones con la naturaleza, que se fueron conjugando con los cambios sobre las relaciones entre los mismos seres humanos.

En ese recorrido histórico destaca, sin obviar su cuestionamiento, el variado aporte e influencia de ciertos filósofos, como Descartes y Kant en la evolución de la comprensión del ser humano a partir de su relación con los animales. Claramente manifiesta, con razón, su rechazo al filósofo Spencer que “como un borracho en La Scala de Milán” (p.107) con su postura evolucionista, dio argumentos para la legitimación del colonialismo y el neocolonialismo. Mostrando así que “la lucha que condiciona la evolución por selección natural… no es más que el efecto de la ley natural. En definitiva es la ley natural del genocidio matizada con un poco de piedad humana en la tutela de los inferiores o neocolonizados y en la eliminación de los inferiores molestos.” (p.42-43)

No se detiene a considerar la influencia de la tradición judeocristiana en la consolidación de ciertos fundamentos del derecho. Hay, al menos, dos temas en los que se podría pensar. El primero, con referencia a la relación del humano con la naturaleza, que se ejemplifica en los dos relatos míticos de la creación del libro de Génesis. En uno de ellos aparece el humano con una marcada distinción superior respecto de toda la naturaleza dado su origen como “imagen de Dios”, a quien se le indica “someter” y “dominar la creación”.

La-Tirana

En el otro relato, de carácter más agrícola, se le pide guardarla y cultivarla. De alguna manera, esta tensión en la relación humano – naturaleza movió el péndulo del accionar del humano y, lamentablemente en buena medida, la historia da fuertes señales de que en mano de los poderosos la idea de sometimiento y dominio prevaleció como bien reconoce Zaffaroni: “La naturaleza no le declaró ninguna guerra a la cultura, sino que hubo una cultura que aún hoy es dominante, que le declaró la una guerra de conquista a la naturaleza y que, como era de esperar, la va perdiendo, con el grave riesgo de que nos lleve a todos los humanos en su alienación.” (p.135)

El segundo tema está entroncado con la cuestión de los sacrificios donde puntualiza los cambios que se fueron introduciendo, por ejemplo, en la consideración de los animales y la naturaleza misma hasta llegar el momento en que dejaron de ser no aptos como “chivos expiatorios”.

Esta antigua tradición judía sobre el sacrificio de animales como ofrenda a Yahveh con el propósito de descargar en él las culpas del pueblo en su momento fue desechada en su momento. Los profetas, como Oseas, ya reclamaban que Dios no quiere sacrificios sino misericordia. Pero la idea del sacrificio quedó presente en el lenguaje metafórico y se hizo presente en la tradición cristiana. Las palabras con fuerte trasfondo histórico sedimentan la cultura y, en ciertos casos, tienden a regresar para retomar su significado original dejando de lado las interpretaciones metafóricas. Por algo Wittgenstein insistía en que “La filosofía es una batalla contra el embrujamiento de nuestra inteligencia por medio del lenguaje.”

Cuando en el cristianismo se hace referencia a Cristo como el “cordero de Dios” y las repetidas referencias a su sangre derramada como aquel que se sacrifica por todos, adquieren, en ciertas interpretaciones, una cercanía muy estrecha con las posturas originales sobre el sacrifico, dando a entender que Dios impone castigo y, en lugar de actuar sobre el pueblo, sacrifica al Cristo.

Siglos de predica cristiana han insuflado en la conciencia de la gente esta idea del sacrificio que alguien tiene que pagar, por lo que se requieren castigos ejemplares. Así, de las situaciones personales se pasan a los pueblos sometidos y a las indiscriminadas guerras que se justifican a sí mismas. Habrá que saber hasta qué punto esa concepción del sacrificio con carácter punitivo, que en buena medida se condensa en la persona del

Cristo, no ha influido a lo largo de los siglos en la comprensión de la justicia y su desarrollo.

Zaffaroni considera que “vivimos un momento en que e planetariza una governance a través del miedo” (p.75), que se manifiesta en la influencia mediática que apunta a grupos a quienes hay que temer, por su condición social, su posición política o el color de su piel y que se convierten en chivos emisarios. De esta manera se oculta a quienes realmente quieren dominar y someter a la vida humana y a la naturaleza.

Richard Shaull -un teólogo que hizo una importante contribución en América Latina- resaltó las reales consecuencias de esta dominación: “Todo lo que le da un aura sacra a las estructuras legitimando la comunicación y la explotación de los débiles por los poderosos requiere sacrificios humanos.” Por eso, continúa, “inevitablemente una idolatría tal se convierte en inhumana y pide mayores sacrificios”, convirtiendo a grandes grupos humanos en chivos emisarios. De manera que las búsquedas de cambio, los anhelos de liberación, la destrucción de los falsos dioses del progreso indefinido buscan opacar con anuncios del fin de la historia y condicionando todo anhelo de justicia.

Zaffaroni entiende que hay dos perspectivas que hablan el mismo idioma sobre este encuentro humano y naturaleza. Por un lado, está la hipótesis Gaia elaborada por Jame Lovelock que considera que el planeta es un ente viviente que se autorregula, revolucionando el concepto de evolución. Así Darwin no habría definido la evolución como la supervivencia del más apto y fuerte sino la del más fecundo. Por eso “no cabe en la evolución privilegiar la competencia, sino la cooperación.” (p.79) De manera que debe entenderse que “somos parte de esta vida planetaria, parte del planeta y, como todas las otras partes, nos incumbe contribuir a la autorregulación y no perturbar sus finos equilibrios y reequilibrios” (p.83)

PAchamama Bs As

En América Latina la Gaia se llama Pachamama, “la personalidad de la naturaleza exigiendo respeto y reciprocidad”. (p.123) “No llega de la mano de elaboraciones científicas, sino como manifestación del saber de la cultura ancestral de convivencia con la naturaleza” (p.113) Se incorpora a las nuevas constituciones aprobadas en Bolivia (2009) y Ecuador (2008). De esta manera rompen con el esquema centrado en los derechos individuales para pasar a los derechos colectivos y a la proclamación de los derechos de la naturaleza, la Pachamama. La reafirmación del suma qamaña aymará y el sumak kawsay quechua que condensan la idea del “buen vivir”.

Para Zaffaroni Gaia y Pachamama son dos caminos que se encuentran, “entre una cultura científica que se alarma y otra tradición que ya conocía el peligro” (p.145) y hay que celebrar ese encuentro. La recreación de esta relación manifiesta la importancia de una visión que rompe con dogmatismos dominantes en la cultura y restaura la herencia y sabiduría de los pueblos originarios.

Para el gran jurista Zaffaroni “La incorporación de la naturaleza al derecho constitucional en carácter de sujeto de derechos abre un nuevo capítulo en la historia del derecho, respecto del cual nuestra imaginación es pobre, porque nos movemos aún dentro del paradigma que niega derechos a todo lo no humana” (p.144) La riqueza de este insustituible aporte es un desafío que señala nuevos caminos y llama a participar. + (PE)

(*) Eugenio Raúl Zaffaroni, La Pachamama y el Humano, Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Buenos Aires, 2011

SN 179/12

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