Testimonio del 24 de marzo

testimonios I

Por Alejandro Dausá

Santa Cruz de la Sierra    Bolivia

 Hace algunos días recibí con gusto un mensaje del Grupo de Curas Enrique Angelelli, de Córdoba, para convidarme a participar en uno de los encuentros que organiza en diversos espacios de esa provincia el periodista Mariano Saravia. Como resido fuera de Argentina, les envié la breve nota que copio a continuación:

Agradezco la invitación del Grupo Angelelli a esta actividad por la memoria. El propio nombre de la organización subraya la importancia de no olvidar. Como estoy fuera del país hace muchos años, les hago llegar estas breves líneas.

El 3 de agosto de 1976 fui secuestrado con otros cinco compañeros en la casa que compartíamos en el barrio Los Boulevares. Eramos estudiantes de teología. En pocos meses pasamos por dos cárceles (Encausados y Penitenciaría) y dos centros clandestinos de detención (el D-2 y La Perla). Precisamente en la Penitenciaría un grupo de presos políticos nos informó que Enrique Angelelli había sido asesinado. No dijeron que había muerto, sino que lo habían matado. A pocos días del crimen esas personas aisladas e incomunicadas tenían claro el suceso, algo que a la jerarquía de la iglesia católica le llevó varias décadas.

No relataré detalles de toda aquella experiencia. Por fortuna la recogió y publicó en forma de libro un jesuita y sociólogo cordobés, también como un ejercicio de memoria crítica (“Dónde estaba Dios –católicos y terrorismo de Estado en la Argentina de los setenta-”). A modo de síntesis, suelo echar mano a un inquietante símil paulino para explicar que aquella vivencia fue “como pasar por el fuego”.

Aclaro que yo no tenía militancia partidista, pero sí un hondo compromiso con sectores empobrecidos, que se nutría de las exigencias del Evangelio. Es una prueba de que la represión y el genocidio no estuvieron dirigidos únicamente a miembros de partidos o grupos armados, sino que pretendía arrasar con cualquier ser humano que fuera obstáculo para un proyecto de país diseñado para beneficiar a muy pocos.

Cuarenta y dos años después, volvemos a padecer un proyecto similar, que por el momento cuida algunas formas y echa mano a otros tipos de represión. Sugestivamente, se trata de los mismos grupos empresariales o individuos que se beneficiaron con los crímenes de hace cuatro décadas. Por eso, no es casual que hoy intenten o pongan en práctica múltiples mecanismos para devolver favores a los genocidas.

La historia nos enseña que sólo la movilización amplia y popular puede poner un alto a los asesinos y desbaratar sus planes. La semana que pasó, con sus innumerables actividades en todo el país, las marchas del 24, y este encuentro de hoy, son sin duda señales de esperanza para que la muerte no tenga la última palabra, que es en definitiva la base de nuestra fe.

Un fuerte abrazo, Alejandro Dausá / marzo de 2018 + (PE)

SN 097/18

 

 

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