Argentina. Atarme el pañuelo verde

Marcela Orellana

Por Marcela Orellana

Mendoza

Que la tristeza

si es compartida

se vuelve rabia

que cambia vidas.

Ismael Serrano

Atarme un pañuelo verde en favor de la despenalización y la legalización del aborto como no creí que fuera capaz de hacer, es una experiencia que también necesito comprender y para comprenderla necesito escribirla.

Soy mujer, heterosexual, menopáusica, madre sola desde hace veinte años, madre de mujeres, madre de una hija con discapacidad que es víctima/sobreviviente de abuso eclesiástico. Leo, escribo y edito porque confío en que la palabra es esa coordenada que nos muestra íntima y certeramente en qué baldosa nos paramos. Nos lo muestra a nosotrxs y se lo muestra a lxs otrxs.

Ese primer párrafo es para empezar a contar/me por qué creo que despenalizar y legalizar el aborto es una decisión necesaria a la que le he puesto el cuerpo, la palabra y el dni.

Atarme el pañuelo verde ha supuesto piel abajo y memoria atrás deconstruir a conciencia mis propios atajos y facilidades. Corro al diccionario y reviso el significado de deconstruir, “verbo que alude a desmontar, a través de un análisis intelectual, una cierta estructura conceptual”. No solo conceptual, de creencias también. Es un proceso de años que sin advertirlo ¿se fue haciendo? o ¿fui haciendo? Ambas opciones. Creo que es más lo primero. Se sigue haciendo dentro de mí. Es real y eso es lo que importa. Solo quiero ser más y más consciente y contribuir a que continúe para seguir dándole sentido al transitar el mundo como persona y como mujer.

Ese proceso significó y significa deconstruir en diversos sentidos, con el aporte de múltiples estímulos y de seguro “en provisorio”. Los organicé para darles y darme orden y poder reconocerme a través de ellos. No como un acto de egocentrismo sino como un acto liberador que merece el tiempo de pensarse y describirse y tal vez, compartirse. La palabra no solo nos cuida porque al decir sanamos, sanamos porque al decirla, pensamos. Y así nacieron los párrafos siguientes.

La memoria sensible con la que ayer adherí al no aborto bajo ninguna circunstancia es reemplazada por una imaginación empática que me acerca a mi sentir de hoy que poco y mucho tiene que ver con la adolescente que fui. La empatía es entre otras cosas un acto de imaginación. ¿Si fuera yo? ¿Si fuera cualquiera de mis hijas tan diferentes y tan iguales? ¿Si fuera mi hija con discapacidad y enferma en una provincia sin protocolo? ¿Si fuera mi amiga, mi colega, mi compañera quienes lo decidieran?

Esas son las preguntas que me ponen de un zas en un escenario real de desespero y necesidad de que el aborto sea legal, un servicio de salud pública al que accedan las mujeres que lo decidan, como lo vienen decidiendo a lo largo del tiempo a riesgo de su vida. Lo que quiero para las que amo lo quiero para todas. Lecturas, videos, encuentros me han dado la información que me faltaba. Y las preguntas siguen resonando ¿y si fuera yo? ¿y si fuera ella? ¿y si fueras vos? Y la respuesta mucho tiene que ver con la adolescente y la joven que fui, conmovida como hoy por las injusticias del mundo.

Dentro de esa sensibilidad fue imperativo buscar y hallar las asociaciones éticas, morales y sociales que son el andamiaje con el que se levantaron mis respuestas a cada situación que me tocó o decidí vivir. Con el tiempo comprendí y comprendo, en gerundio total, que los derechos humanos son un código de ética superior y frecuentemente violado por quienes se sienten y se dicen autores y custodios de normativas morales que han causado enormes males en mujeres y hombres a lo largo de siglos.

Día a día la prensa va dando cuenta de decenas de miles de “casos” con nombre y apellido que certifican el dolor y el avasallamiento en singular como parte de verdaderos mecanismos de avasallamiento. Para invisibilizarlos se los llama y vende como daño colateral. Y así comprendí y comprendo que mucho de lo que se erige en norma social es una interpretación atada a la influencia de sujetos e ideologías tan abordables para deconstruirse como cualquier otra realidad, el machismo y el patriarcado por ejemplo.

Voy comprendiendo que realidades de dolores y luchas que no conocía, hoy son parte de un paisaje interno que a través de la palabra se hace personaje, historia, guión, metáfora, imagen y verso. Esas luchas son hijas primogénitas del sentir que me duelen, y que porque me duelen, intento conocerlas a fondo. Para que duelan lo suficiente como para luchar, aprendí largo a ser curiosa, a estar atenta, a escuchar, a ver, a abrazar. Todo para que la curiosidad empeñosa, la atención enfocada, la escucha atenta, la mirada abierta y el abrazo igualador me sorprendieran a mí misma en otros lugares a los que no creí pertenecer.

Atarme el pañuelo verde y ser parte de una voz y una muchedumbre de mujeres embatalladas es al final del análisis deshacerme de los muros, los muebles y los adornos que ya no necesito para habitar dentro de mí. Los unos se han ido cayendo a golpe de maza y cortafierro o dinamitados por el shock de las noticias. Los otros van enfilando solitos hacia un afuera que los recicle o para que los destruya definitiva la lluvia eficiente del olvido.

Han caído los muros que me guardaban y me separaban. Los adentros se simplifican y oxigenan. Porque me bienvienen y bienvengo a tantxs, lo hago conmigo. Este es mi proceso propio y personalísimo. Con el mismo respeto con que me digo y escucho, leo y escribo respeto los demás procesos personales, aun los que llevan a resultados distintos y opuestos.

Para observar esta peli que soy (y somos) de vez en cuando salgo y miro desde la vereda de enfrente, la montaña o una estrella imaginaria. Entonces empatizo con la anciana que seré y reviso los nuevos espacios que me rodean para habitarlos al cien por ciento, dispuesta a seguir deconstruyendo tanto como sea necesario para morirme estando de acuerdo conmigo misma y con lo que creo y siento. Doy cuenta por escrito para ser más consciente de lo que no se corta porque ya no se puede cortar y para celebrarlo cada vez que me ato el pañuelo verde junto a miles de mujeres por una Argentina más justa y más humana. + (PE)

Marcela Orellana (Mendoza – Argentina)

* Marcela Orellana, escritora y editora mendocina, docente, madre. Autora, entre otras publicaciones, de “Cuaderno de Mariángeles” -2013- (colección de poemas que fue escribiendo a modo de terapia personal desde el nacimiento de su hija con discapacidad). Fundadora de la Biblioteca Popular Inclusiva PalAbrazo. Integra el grupo Escritoras por la I.V.E-Mendoza. Es parte de la Red de Sobrevivientes de Abuso Eclesiástico de Argentina por ser madre de una sobreviviente del Caso Próvolo-Mendoza.

Nota. En este vital dìa que la historia nos regala, a PE/Ecupres le brindo la hermosa satisfacción de iniciarlo con el anuncio de la media sanción de diputados y cerrar la jornada con este sentido testimonio de Marcela que, vale mencionar, lo recibimos desde ese gran amigo de Barcelona, Pep Castellò.

SN 218/18

 

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