A cien años del nacimiento de Ingmar Bergman

 

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A cien años del nacimiento de Ingmar Bergman, Carlos Valle ofrece una sentida y justa visión de la obra y vida del gran director sueco considerado clave en siglo XX. Bergman nació el 14 de julio de 1918. Falleció el 30 de julio de 2007

 

Ingmar Bergman Y Una Pálida Imagen De Dios

Por Carlos Valle

Buenos Aires

 

Recientemente se ha editado la obra fílmica completa de Ingmar Bergman que abarca casi 40 títulos. El comentarista británico Joe Queenan decidió ver toda la obra en pocos días. Experiencia que le provocó una tremenda depresión, que sintetiza en uno de sus comentarios sobre una de las primeras obras, Noche Eterna (1947). Allí se relata la historia de un joven soldado que, tratando de rescatar una muñeca, es herido accidentalmente a causa de lo cual queda ciego de por vida. Para Queenan allí se muestra a “Bergman en su grado más misantrópico, decididamente contra la afirmación de la vida y con un prematuro cinismo”.

Secretos sin palabras

¿Es esta una justa calificación de la obra de Bergman? Costaría mucho asegurarlo, sin embargo, refleja la reacción que provocan sus descarnadas historias que hurgan, en lo hondo, conflictos y angustias del alma humana. Bergman nunca se sintió ausente de los contenidos de sus películas, más bien habló de los fantasmas y obsesiones que lo acosaban. Sentía que vivía casi constantemente en un sueño, pero confesaba: “hago visitas a la realidad” que movían un impulso creador que fue plasmando cada vez con mayor intensidad en la imagen, porque para él “la creación artística siempre se ha manifestado como hambre.”

Así llegó a decir: “Hoy tengo la sensación de que en Persona –y más tarde en Gritos y Susurros- he llegado al límite de mis posibilidades. Que, en plena libertad, he rozado esos secretos sin palabras que solo la cinematografía es capaz de sacar a la luz.”

Así también lo había descubierto Andrey Tarkovsky, el director de cine ruso, cuando insistía en que la imagen se extiende hacia el infinito y guía hacia lo absoluto “y que aún lo que es conocido como la “idea” de la imagen, con sus muchas dimensiones y significados, no puede, por la misma naturaleza de las cosas, ser puesta en palabras.”

Las marcas de la niñez

Las conflictivas vivencias de su niñez y lo que le significó ser criado en un rígido hogar pastoral de aquella época le acompañan y e irrumpen en muchas de sus películas. Así comparte: “Toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia… Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico todas las puertas están cerradas”.

El distanciamiento y las peleas con sus padres aparecen una y otra vez. Hablando de esa hermosa película que es Cuando huye el día (1957), dice que allí “me retrataba a mí mismo en la figura de mi padre y buscaba explicaciones a las amargas peleas con mi madre” a la vez que rogaba: “miradme, entendedme y, si es posible, perdonadme.” Cuando huye el día es la historia de un académico que va a celebrar los cincuenta años de su doctorado quien, entre extraños sueños y memorias, hace un repaso de toda su vida. El filme concluye con un recuerdo de su niñez y de uno de sus lugares favoritos, el de las fresas silvestres mientras, a la distancia, lo saludan su padre y su madre.

Sus sentimientos religiosos están íntimamente ligados a sus experiencias infantiles y se expresan en su filme El Séptimo Sello (1956) como un punto clave en la vida de Bergman. Filmarla le costó mucho ya que no lograba que le aprobaran el proyecto y contó finalmente con número limitado de días y recursos para llevarla a cabo. Pero, para él, “es una de las pocas películas que verdaderamente llevo cerca del corazón.” En el momento de filmarla estaba “firmemente atrapado en la problemática religiosa” lo que le permite mantener un “relativo alto el fuego entre la devoción infantil y el duro racionalismo” que en el filme se refleja en la relación entre el caballero y su escudero.

Débiles fragmentos inconexos de su devoción infantil aparecen aquí y allá como si buscaran encontrar su sentido, dejando marcas de lo que creía “se podía llamar una salvación que no es de este mundo”, mientras, al mismo tiempo, afloraba en él la convicción de que el ser humano “lleva en sí mismo su propia santidad, que es de este mundo y no tiene explicación fuera de él.”

El miedo a la muerte

Bergman ha reconocido que siempre ha llevado consigo “un profundo miedo enfermizo a la muerte” y que, en gran medida, ese miedo ha estado ligado a sus ideas religiosas. El Séptimo Sello se abre con esa antológica escena del encuentro del caballero con el misterioso personaje que afirma ser la Muerte. Bergman la personificó con el rostro pintado de blanco y vestido de negro, una mezcla de payaso y calavera. El caballero, que sabe que la muerte le ha venido a buscar, quiere demorar ese momento y le invita a jugar una partida de ajedrez.

Aunque la película tiene marcados momentos alegres –especialmente los que tienen que ver con la familia de los artistas rodantes y el escudero- el misterio de la muerte impregna la historia. No obstante, el pensamiento de que no habría nada después de la muerte, aunque difícil de concebir, le resultaba liberador. Su miedo parece calmarse con la idea de que “lo que antes era tan aterrador y misterioso, lo que no es de este mundo, no existe. Todo es de este mundo. Todo está dentro de nosotros, ocurre dentro de nosotros y entramos y salimos unos de otros: es así. Y está muy bien.”

Una resquebrajada idea de Dios

Pero, por cierto, este no es el final de las preocupaciones religiosas de Bergman. El tema se colará en varios de sus siguientes creaciones. Baste mencionar La fuente de la Doncella (1959) donde a partir de una canción tradicional medieval relata la historia de una joven que es violada y cuyo padre procura una cruenta venganza. Se ha comentado que a Bergman “el concepto de redención y purificación del mal lo atormenta y… su arte se desarrolla desde sus comienzos en poesía de carácter universal.” (Jörn Donner). Bergman parece no reconocerlo e insiste en que su interés estaba concentrado en la atroz historia de la chica y la venganza. Por eso “la idea de Dios hacía ya mucho que había empezado a resquebrajarse y quedaba más que nada como un adorno.”

El tema de Dios no desaparece en sus siguientes películas. Baste, al menos, mencionar dos de ellas. En Detrás de un vidrio oscuro (1960) Bergman dice que ha tratado de describir un caso de histeria religiosa. Así, en un momento de desesperación la protagonista al ver una araña cree que se trata de Dios. En otro momento dos personajes dialogan. Uno comenta: “No se si el amor es una prueba de la existencia de Dios, o si el amor es Dios.” El otro pregunta: “Para ti ¿amor y Dios son la misma cosa?” y recibe una apesadumbrada respuesta: “Mi vacío y mi sucia carencia de esperanza descansan en ese pensamiento”.

En Luz de invierno (1962), el tema religioso ha deparado más de un comentario crítico. Algunos la ven como una representación de la pasión de Cristo. Es la historia de un pastor que está muriendo emocionalmente. Aquí se escucha otra vez: “Dios es el amor y el amor es Dios”. Para comprender el sufrimiento que padece el pastor a causa de la soledad y la muerte Bergman deja que cada uno interprete, si es creyente, que es Dios el que habla o, si no, el que está callado. Por ese tiempo Bergman afirmaba convencido “Mis propias ideas religiosas estaban haciendo mutis por el foro.”

Aunque sus posturas nos resulten chocantes –quizás por ser honestas y vitales- un viento de libertad parece acompañarlas como una invitación a dejar de lado los dogmatismos y empezar a ejercitar el libre juego del misterio. Para Bergman ese intenso pasado religioso, cargado de recuerdos y mandatos, habría de estar siempre presente, recreado, sublimado, aborrecido, quizás como una misteriosa e insistente pálida imagen de Dios. + (PE)

*A cien años del nacimiento de Ingmar Bergman, Carlos Valle ofrece una sentida y justa visión de la obra y vida del gran director sueco considerado clave en siglo XX. Bergman nació el 14 de julio de 1918. Falleció el 30 de julio de 2007.

SN 250/18

 

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