El odio y ver o no ver

Ver o no ver

Por Mempo Giardinelli

Resistencia Chaco

Uno de los dramas que vive la Argentina es el odio instalado. Ese que sienten, sobre todo, las burguesías tanto de Capital como de provincias. Las clases medias, las medias bajas con aspiraciones de ascenso social, sin dudas la oligarquía y obviamente los contentos. Quizás haya más, pero básicamente estos núcleos componen el voto macrista y comparten la esperanza de que el actual gobierno se mantenga y repita.

Podría ser no cuestionable el hecho en sí. Cuestión de cada quien. Pero lo preocupante y doloroso es el odio extremo, irracional, absoluto, inducido con malevolencia. Odio injustificado, desde ya, y absurdo porque no se les ha hecho daño. Ni se los afectó en bienes o derechos. Al contrario, la vida les fue y es propicia, y para muchos fenomenal en lo que va del milenio: han ganado dinero, han viajado, se beneficiaron con casi todas las leyes y decisiones del gobierno anterior.

Y sin embargo odian. Les inocularon el odio, y ahora parece que no saben qué hacer. Y es un odio extraño, se diría que es un odio neogorila, como un resentimiento contra natura.

Así, constituye una paradoja extraordinaria que millones de compatriotas que podrían sentirse justificadamente resentidos, en general no lo están y no odian. Habrá más de uno que sí, desde ya, pero en general los pobres, los marginados, los afectados por la bestialidad oficialista, no odian. Están con bronca, eso sí, porque no es grato ni sencillo bancar tanto atropello. Pero no odian.

Es realmente curioso que los que más odian son los ricos. Quizás temen que se les acabe la fiesta. Que se va a acabar, sin dudas, más temprano que tarde.

Todos vemos la realidad espantosa y cruel que vive la Argentina. Ellos también. Y acaso odian más por eso mismo. Entonces los resentidos son ellos.

Oligarcas, ricos y contentos están resentidos y tienen miedo. Saben que el pobrerío es inextinguible, pero apuestan a eliminarlo. Raro, pero es lo que hacen. Que se mueran, dicen. Mejor si se mueren. Son negros, indios, vagos, lacras, que se mueran. Y lo desean en serio, aunque no lo pronuncien.

Es paradojal y asombroso: gente rica enferma de odio porque “los pobres no los dejan vivir tranquilos”.

¿Será que no ven la realidad? ¿Que no la quieren ver? No es eso –habría que responder–. Cierto que algunos, muchos, no ven nada, están ciegos. Pero otros, quizás la mayoría, sí ven lo que sucede. De donde la cuestión con gorilas y contentos no es que vean o no vean. Es que lo que ven no les importa. Y el sufrimiento ajeno, a algunos contentos, hasta les causa placer. Hay gente así. Convivimos con ellos. (PE/La Barraca)

SN 331/18

 

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