Documento. En Mendoza, el Diablo se llama Ermili

Ricardo Ermili

Por Horacio Ricardo Silva (*)

Mendoza

Desde el pasado mes de septiembre, la Dirección General de Escuelas intenta sancionar al supervisor Ricardo Ermili, por cumplir con las normas legislativas vigentes en materia de educación laica, al ordenar el retiro de símbolos religiosos en las escuelas bajo su jurisdicción. En esta nota, la semblanza de un docente que antepone el ejercicio de la ética, a la conservación de su empleo.

Lucifer, Satanás, Belcebú: varios son los nombres que la Iglesia Católica otorga a sus oponentes. Pero a lo largo del tiempo, se fueron agregando otros.

Ya en el siglo 17, la Iglesia sostenía que el Maligno había encarnado en Giordano Bruno y Galileo Galilei, quienes afirmaban que la Tierra giraba alrededor del sol; procesados ambos por el delito de herejía, Bruno murió en la hoguera y Galilei pasó el resto de su vida en prisión domiciliaria, previa abjuración de sus ideas.

Para el Vaticano, Lucifer se corporizó en los patriotas americanos durante las guerras de la Independencia, entre ellos el general San Martín; y contra ellos fueron promulgadas la carta encíclica de Pío VII Etsi longissimo terrarum del 30 de enero de 1816, y la bula de León XII Etsi quam diu del 24 de septiembre de 1824, en las que se trataba a la gesta emancipadora de «funesta cizaña de alborotos y sediciones», se condenaba «el desenfreno y la licencia de los malvados» que, saliendo «como de una inmunda sentina» representaban «cuanto hay y ha habido de más sacrílego y blasfemo en todas las sectas heréticas»; y se bregaba además por resaltar las «distinguidas cualidades que caracterizan a nuestro amado hijo Fernando, rey católico de las Españas».

En 1878, el Papa León XII decía en su encíclica Ouod apostolici muneris: «Es fácil comprender, Venerables Hermanos, que Nos hablamos de aquella secta de hombres que, bajo diversos y casi bárbaros nombres de socialistas, comunistas o nihilistas, esparcidos por todo el orbe, y estrechamente coligados entre sí por inicua federación, ya no buscan su defensa en las tinieblas de sus ocultas reuniones sino que, saliendo a pública luz, confiados y a cara descubierta, se empeñan en llevar a cabo el plan, que tiempo ha concibieron, de trastornar los fundamentos de toda sociedad civil. Estos son ciertamente los que, según atestiguan las divinas páginas, mancillan la carne, desprecian la dominación y blasfeman de la majestad».

Después surgieron otros «demonios» que continuaron la obra de Belcebú, según la visión católica: la ley de divorcio vincular de 1987, que amenazaba «destruir a la familia, pilar básico de la sociedad»; la ley de Matrimonio Igualitario de 2010, que prometía «entregar niños en adopción a la lascivia de los pervertidos»; y el último debate que se dio este mismo año, con el fallido proyecto de Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo.

Todo lo que antecede, fue visualizado por la Iglesia Católica como el principio del derrumbe de su poder, y por ende, del fin de la civilización occidental y cristiana; el comienzo del reinado del Mal, la llegada de la era del Apocalipsis.

Nada de ello ha ocurrido, sin embargo. Hoy es aceptada universalmente la idea de los movimientos de rotación y traslación del planeta, la Revolución de Mayo dio origen a un país tan civilizado como puede serlo cualquier otro, la enseñanza laica no produjo la destrucción de la religión, la familia continúa existiendo, las parejas del mismo sexo no están compuestas por pervertidos pedófilos —cosa que no se puede decir de una abrumadora cantidad de miembros del clero—, y la fallida ley de aborto no hubiera producido un feroz aumento en la tasa de interrupción de embarazos no deseados.

 Hoy, en Mendoza, el Diablo se llama Ermili. ¿Quién es este hombre? ¿Cuáles son sus motivaciones? En las próximas líneas, una aproximación a su figura.

Ricardo Ermili

Ricardo Ermili nació en 1960 en la ciudad de Waco, Texas, EEUU; de ahí su conocido apelativo de «Richard». Hijo de emigrantes argentinos que regresaron al país en 1961, pasó su infancia en el barrio porteño de Villa Devoto, y su adolescencia en Ciudad Jardín de El Palomar.

De niño fue un chico «común y corriente», que prefería jugar al aire libre antes que concurrir, a veces todo en el mismo día, «a la escuela, a inglés, a guitarra y al dentista».

A los 16 años abrazó la fe cristiana, llegando a ser un referente de la Iglesia Evangélica Metodista; su temprano interés por los problemas sociales se articuló con lo religioso, en la creencia de un Dios de amor que protegía a los pobres y a los desheredados de la Tierra. Lector incansable, los textos de la Teología de la Liberación tenían espacio preferencial en su biblioteca.

Eran los tiempos en que el país padecía a la última dictadura militar, con el apoyo institucional de la Iglesia Católica Argentina; los días en que los «grupos de tareas» producían masacres contra toda oposición al régimen, incluidos los sacerdotes palotinos de San Patricio, y las monjas francesas Alice Domon y Leónie Duquet.

A los 23 años decidió que quería ser pastor de su Iglesia, a la cual pertenecían religiosos y laicos fuertemente comprometidos con el movimiento de derechos humanos; en tanto, cursaba estudios en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, en la cual se recibió de geólogo.

A pesar de provenir de una familia religiosa y conservadora, profundamente antiperonista y anticomunista —lo que le acarreará agrias discusiones con sus padres— compartía con ellos algunos de sus valores políticos constitucionales: el respeto por la igualdad ante la ley, el derecho a la libertad de expresión, y el derecho ciudadano a no recibir condena sin un debido proceso judicial.

De esa manera, orientado tan sólo por una sed instintiva de justicia —años después recordará: «no podía ser que hubiera gente detenida sin proceso; así de limitado y así de contundente era mi pensamiento»— comenzó a concurrir a las rondas de las Madres de Plaza de Mayo, e ingresó a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH). Eran los últimos tiempos de la dictadura militar, y los primeros de recuperación de la democracia parlamentaria.

Entre tanto continuaba con su misión religiosa, coronando su sueño al convertirse en pastor de la Iglesia Evangélica Metodista. En 1984 comenzó un largo seminario, de cinco años de duración, en el prestigioso Instituto Superior Evangélico de Estudios Teológicos (ISEDET).

En el seminario, Ermili tuvo oportunidad de profundizar en los cimientos de la religión. Allí tomó conocimiento de que los textos sagrados de la Biblia conformaban un conjunto de elaboraciones superpuestas, editadas y reeditadas a través de los siglos, por hombres que tenían intereses políticos, institucionales y económicos que defender; así, comenzó a desdibujársele la certeza de que la Biblia era la palabra directa de Dios.

En paralelo, accedió a conocimientos académicos de filosofía, psicología y sociología, que le dieron herramientas para desarrollar un pensamiento crítico y autónomo. Además, como geólogo, comenzaba a incomodarle una dualidad: la comprensión de la realidad desde una perspectiva natural, científica, contrapuesta a otra explicación sobrenatural, religiosa.

No es fácil para un hombre de auténticas convicciones, cuestionarse la fe que animó su existencia. Es un proceso largo y profundamente doloroso, que trae aparejada una desorientación respecto del significado de la vida; a Ermili le tomó décadas completarlo. Continuó aún su labor pastoral, aferrándose a la idea de que las doctrinas y los credos eran metáforas de liberación; hasta que no pudo más, y se desvinculó definitivamente de las instituciones religiosas.

Hacia fines de 1989, Ermili había formado matrimonio y tenía dos hijos pequeños. Buenos Aires se había convertido en un lugar demasiado tenso y ruidoso para vivir, y la familia necesitaba tranquilidad; así, comenzaron desde cero en una finca semi abandonada en Salto de las Rosas, un distrito de San Rafael en el sur mendocino.

Al principio hizo algunos trabajos en su especialidad de geología; pero pronto concursó un cargo docente en el IES 9-011 Del Atuel. La educación era una asignatura pendiente, que pudo desarrollar en esa nueva tierra. De esa manera fue incrementando las horas de clase hasta ser nombrado director de un secundario nocturno, para luego ser promovido al cargo de supervisor.

En forma paralela continuó con su labor por los derechos humanos; su sentido de la ética y la coherencia de su conducta, así lo exigían. En 1998 refundó, junto a otros sanrafaelinos, la filial local la APDH, que en la actualidad abarca la jurisdicción de toda la provincia de Mendoza.

Así, durante veinte años, Ermili desplegó una actividad incansable durante los mega juicios a ex militares por violaciones de los derechos humanos, en defensa de los sectores más vulnerados de la sociedad, y del laicismo en las escuelas.

Esta actividad no tardó en rendirle los amargos frutos de la intolerancia, especialmente de los sectores más ortodoxos del catolicismo mendocino: «A veces me parece que tengo callos en el alma, de infinitas agresiones derivadas de la lucha por los derechos humanos. Todavía recibo en Facebook comentarios del tipo “que vuelvan los militares”», declaró.

De todas maneras, su apego a los principios constitucionales puede más que las amenazas de los nostálgicos de la dictadura. Y continúa su labor, por la cual no recibe paga alguna. Ermili vive de su honrado trabajo como docente, y su actividad en la APDH es enteramente vocacional.

Hoy, a los 58 años, aquel niño que gozaba de jugar al aire libre, luego adolescente comprometido con la realidad social a través de la religión, echa una mirada hacia atrás, y reflexiona:

«Yo no reniego de mi pasado religioso; estuve convencido de lo que hacía, y viví momentos hermosos en lo comunitario y lo individual. Simplemente, cada cosa tiene su tiempo».

«Nunca pensé en radicarme en los EEUU. Como ciudadano nativo tal vez podría haber tenido mejores posibilidades económicas, pero lo que se muestra del estilo de vida norteamericano no me gusta. En cambio, estoy maravillado por las oportunidades que tuve en Argentina en materia de educación pública y gratuita. Allá, eso no existe».

Su visión del sentimiento patriótico es, a la vez, profundamente humanitario:

«Soy argentino, pero al mismo tiempo valoro el apego que los seres humanos tienen por su espacio vital, por sus afectos y su forma de vida. No desprecio el sentimiento patriótico de nadie, en tanto no conlleve odio, racismo o discriminación».

Respecto de la situación actual del país, afirma: «Me duelen los enormes retrocesos que estamos viviendo en términos de calidad de vida». Aclara, además, que no se refiere tan sólo a la pérdida del nivel adquisitivo de los trabajadores, «pulverizados en beneficio del aparato financiero parasitario», sino también al extravío que significa creer que todo pasa por mejorar el crecimiento económico, «dejando de lado el desarrollo humano en educación, salud, arte, ciencia y cultura».

Y agrega, con un dejo de amargura: «Siento que el mundo cruje, y que el goce de los derechos humanos que nos merecemos por el solo hecho de existir, no es viable con modelos sociales como los que impulsan Donald Trump o el FMI en el mundo, ni Macri en nuestro país y Alfredo Cornejo en Mendoza».

***

Así es Ricardo Ermili, el docente que la DGE se propone sancionar por cumplir con las normas legislativas vigentes en materia de educación laica; la nueva encarnación del Diablo, para los partidarios de la Inquisición encaramados en puestos dirigentes de la función pública.

Un hombre que, como señala el «Diccionario del Diablo» de Ambrose Bierce, posee «ese don y divina facultad, cuya energía creadora y ordenadora inspira el espíritu del hombre, guía sus actos, y adorna su vida».+ (PE/ La Pata Semanal)

(*)    Horacio Ricardo Silva   Escritor e historiador. Coautor de Trienio en rojo y negro (Bs. As., Planeta, 2017) y autor de Días rojos, verano negro (Bs. As., Anarres, 2011).

SN 372/18

 

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