¿RELACIONAL O CONCEPTUAL?

Por Marcos Inhauser *

Brasil

Estoy en el mundo de la teología desde hace 47 años. Estudié en algunos seminarios, di clases en otros, leí un tanto, viajé y conocí las más distintas iglesias. Con todo esto debo decir con toda sinceridad: casi nada sé de teología. ¡Hay gente, especialmente un lector que tengo, que nunca estudió y que sabe mil veces más que yo y me vive descomponiendo!

Confieso mi ignorancia y mi incapacidad para tener opiniones dogmáticas sobre asuntos pertinentes. Como dice un meme que recibí, no estudié materias filosóficas o sociológicas: estudié las divinas. Y cuando se estudia las divinas, se hace el trabajo de Sísifo, un personaje de la mitología griega condenado a repetir ad eternum la tarea de empujar una piedra hasta la cima de la montaña. Cada vez que casi alcanzaba la cima, ella rodaba la montaña abajo invalidando el esfuerzo.

En este caminar, durante mucho tiempo, creí que la vida cristiana consistía en el entendimiento, comprensión y enseñanza de las verdades teológicas, tal como expresada por los grandes teólogos de la Iglesia. Estudié Agustín, Erasmo, Tomás de Aquino, Lutero, Calvino, Zwinglio, Bultmann, Barth y otros. Lo más que los leía, más me confundía. Uno dice una cosa, otro dice otra. Ellos se contradicen y me pierdo. ¡No encontré un Waze o GPS para el mundo de la teología! Cuando creía que estaba llegando a la cima con mi piedra, allí iba ella, colina abajo.

De “dueño-de-certezas-bíblicas” pasé a ser el “eterno-interrogante” o la “eterna-interrogación”. La jerga “la-Biblia-dice” fue substituida por el “hoy-yo-creo-que-la-Biblia-dice”. La verdad universal y absoluta cedió a la posición subjetiva. El “determinador de verdades” sobre los demás, por la autoridad de la verdad que crea y enseña, fue substituido por el “profesor del puede ser”.

Usted puede estar pensando: él se perdió, apostató, sufre un trastorno psicótico, o cualquier otro diagnóstico teológico o psiquiátrico que me quiera etiquetar. Mirando hacia atrás y evaluando mi caminata, digo con la sinceridad que la naturaleza humana me permite: nunca estuve tan bien.

Aprendí con los anabaptistas que más vale una vida obediente a lo que uno entiende de la Palabra de Dios, que a mil afirmaciones ortodoxas. Más vale pocos en comunión que muchos en reunión. Más vale algunos reunidos en el nombre de Jesús que una multitud reunida para ver a un gospel star. Más vale pocos obedientes que muchos contentos. Más vale la instrucción que la gran alabanza. Más vale el servicio al prójimo que la confesión de fe.

Aprendí que la iglesia se hace con relaciones y no con doctrinas inflexibles y descontextualizadas. Aprendí que la iglesia deja de ser iglesia cuando hay alguien que la frecuenta y cuyo nombre yo ignoro. El púlpito se convierte en escenario cuando hay focos sobre él, cuando es necesaria una pantalla para la gente ver de lejos el “iluminado” ser que está predicando.

La iglesia deja de ser iglesia cuando gasta más con el mantenimiento, la electricidad, los equipos de sonido y vídeo que con las necesidades del prójimo. Cuando enseña el amor al pastor y a la denominación, cuando su enseñanza enfatiza el amor a Dios y olvida el amor al prójimo, cuando exige compromiso total a costa del amor propio y la familia. Cuando pide y pierde más tiempo en sus mismas actividades que en la atención a la familia.

Iglesia es relación, comunión, servicio, amor a Dios y al prójimo. ¡Lo que pasa de esto, que sea un anatema! + (PE/Facebook)

*Marcos Inhauser, profesor, pastor, teólogo, educador corporativo.

Traducción Prof Sergio Marcos Pinto

SN 300/19

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