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El SONIDO DE LA VIDA

CARLOS A. VALLE

Capitulo 3

RECUERDOS Y MANDATOS

Fanny Alexandre 1982

La vida no es fácil para ninguno de nosotros. ¿Pero qué hay con eso? Tenemos que tener perseverancia y, sobre todo, confianza en nosotros mismos.

 Marie Curie

Lo más difícil de aprender en la vida es qué puente hay que cruzar y qué puente hay que quemar.” 
Bertrand Russell

Ingmar Bergman (1918-2007) en su extensa carrera ha podido sacar a luz hondos conflictos de un sinnúmero amplio de aspectos de la vida personal y de sus relaciones sociales. Expresado por medio de su arte comparte preocupaciones comunes y, aun cuando las experiencias puedan ser tan diversas y no conjugar con la experiencia propia, logra, sin embargo, enriquecer la comprensión de quien las recibe. La búsqueda una propuesta para acompañar la indagación de otros caminos que ayuden a develar los misterios de la vida y su significado, se enriquece con el aporte de quien, a su manera, buscar descifrarlos y comprenderlos.

Cuando hace unos años, se editó la obra fílmica completa de Bergman, que abarca casi 40 títulos. El comentarista británico Joe Queenan decidió ver toda la obra en pocos días. Experiencia que le provocó una tremenda depresión, que sintetiza en uno de sus comentarios sobre una de las primeras obras, Noche Eterna (1947). Allí se relata la historia de un joven soldado que, tratando de rescatar una muñeca, es herido accidentalmente a causa de lo cual queda ciego de por vida. Para Queenan allí se muestra a “Bergman en su grado más misantrópico, decididamente contra la afirmación de la vida y con un prematuro cinismo”.

¿Es esta una justa calificación de la obra de Bergman? Costaría mucho asegurarlo, sin embargo, refleja la reacción que provocan sus descarnadas historias que hurgan, en lo íntimo,  conflictos y angustias del alma humana. Bergman nunca se sintió ausente de los contenidos de sus películas, más bien habló de los fantasmas y obsesiones que lo acosaban.

Sentía que vivía casi constantemente en un sueño, pero confesaba: “hago visitas a la realidad” que movían un impulso creador que fue plasmando cada vez con mayor intensidad en la imagen, porque para él “la creación artística siempre se ha manifestado como hambre.” Así llegó a decir: “Hoy tengo la sensación de que en Persona –y más tarde en Gritos y Susurros– he llegado al límite de mis posibilidades. Que, en plena libertad, he rozado esos secretos sin palabras que solo la cinematografía es capaz de sacar  a la luz.” 

Así también lo había descubierto Andrey Tarkovsky, el director ruso de cine, cuando insistía en que la imagen se extiende hacia el infinito y guía hacia lo absoluto “y que aun lo que es conocido como la “idea” de la imagen, con sus muchas dimensiones y significados, no puede, por la misma naturaleza de las cosas, ser puesta en palabras.”

Se van a considerar solo algunos ejemplos de la compleja obra de I. Bergman, especialmente aquellos que permiten hacer un aporte en su búsqueda por comprender el significado de la vida. Las referencias no intentarán dar una comprensión definitiva de los problemas que encara, sino iluminar caminos que ya han sido transitados, pero que van más allá de los tratamientos convencionales que, en su mayoría, producen generalmente insatisfacción o vacío. Al mismo tiempo, se puede decir que, mayormente, lo que señala son tentativas por encarar temas que lo perturban y le empujan a lanzar caminos o a inducir salidas.

Las marcas de la niñez

Cuando huye el día 1957

Las conflictivas vivencias de su niñez, y lo que le significó ser criado en un rígido hogar pastoral de aquella época, le acompañan, e irrumpen en muchas de sus películas. Ya en sus ochenta, comparte en una entrevista televisiva de su país: “Fui criado para tener conciencia de culpa.” El peso de una religiosidad opresiva tiene consecuencias que dejan huellas imborrables. No obstante reconoce que la familia pastoral era una vidriera expuesta a todas las miradas y, seguramente, sus padres se sometieron a lo que consideraba una “absurda presión”. 

En muchos casos la presión social suele crear una atmósfera irrespirable. Así, comparte en su libro Linterna mágica: “Toda nuestra educación estuvo basada en conceptos como pecado, confesión, castigo, perdón y misericordia… Nunca habíamos oído hablar de libertad y no teníamos ni la más remota idea de a qué sabía. En un sistema jerárquico todas las puertas están cerradas. . Había en ello una lógica interna que nosotros aceptábamos y creíamos comprender. Este hecho contribuyó posiblemente a nuestra pasiva aceptación del nazismo.” (Linterna mágica, 16)

Esta honesta confesión desnuda uno de los graves deterioros de las sociedades que, en busca de preservar su bienestar terminan fabulando relaciones sociales que ignoran el peso de políticas económicas y sociales que, poco a poco, van menoscabado los derechos y las libertades y se adueñan del funcionamiento de la sociedad. El deterioro de la vida en esas situaciones puede tornarse prácticamente irreversible ante la mirada atónita de quienes no tienen elementos y madurez para comprender lo que se ha adueñado de ellos.

Por otra parte, el distanciamiento y las peleas con sus padres aparecen una y otra vez. De esa destacada película, Cuando huye el día (1957), dice que allí “me retrataba a mí mismo en la figura de mi padre y buscaba explicaciones a las amargas peleas con mi madre”  a la vez que rogaba: “miradme, entendedme y, si es posible, perdonadme.”  Las relaciones padres e hijos siempre resulta una trama no siempre fácil de descifrar. No es este el lugar para hacer un análisis que excede los límites de la propuesta que se ha acordado. Al menos, debe señalarse que es más que evidente, que las experiencias de la niñez ponen una fuerte marca en la posterior interpretación de la vida, como lo es la historia de ese académico que va a celebrar los cincuenta años de su doctorado, quien, entre extraños sueños y memorias tristes y alegres, hace un repaso de toda su vida.

El filme concluye con un recuerdo de su niñez y de uno de sus lugares favoritos, el de las fresas silvestres mientras, a la distancia, lo saludan su padre y su madre. Los gozos que impregnan la vida muchas veces son simples experiencias de valor trascendente.

Es obvio que este trasfondo modeló muchas de las preguntas que plantea en sus películas. Reflejan la angustia de quien no puede encontrar respuestas: el silencio de Dios, la muerte, la incomunicación, la falta de fe. Pero, a la vez, hay en ese melancólico discurrir de sus obsesiones notas de novedad, de creatividad. El escritor Juan Cruz le preguntó una vez si sabía lo que era la felicidad y contestó: “No significa nada. Lo que he intentado hacer durante toda mi vida es crear cosas y darles vida”.  La creación es un don de la vida, una fuerza que impulsa a ser y trascender las murallas que invisiblemente levanta la sociedad para no ser disturbada.

Un verdadero creador es un potencial peligro contra el cansino andar de la sociedad. Pero, aunque pueda ser considerado un potencial peligro, a la larga termina siendo la savia de la recreación. La naturaleza siempre da señales de vida y creación, y han sido muchas veces los artistas quienes han abierto un  esperanzador haz de misteriosa luz, la que no siempre llenó de esperanzas, pero sacudió a la sociedad de su sopor social. Por eso, crear es también una manera de cuestionar y romper preconceptos. No es una propuesta fácil de aceptar para una sociedad que se rige por esquemas religiosos y morales intransigentes. Por un buen tiempo, las películas de Bergman fueron mutiladas o censuradas, por razones que hoy resultan no solo incomprensibles pero absurdas. Las preguntas teológicas de los artistas no pueden ser ignoradas, como generalmente lo han hecho los teólogos.

Gritos y Susurros 1972

Bergman fue muy cuestionado por la Iglesia de su país que le reprochaba su conducta y sus cinco matrimonios. Sin embargo, parecía conocer a fondo el alma de las mujeres. Generalmente son ellas las que en sus filmes dominan el escenario, abren sus corazones, desnudan sus debilidades y emergen con singular fuerza. Es en ellas que los hombres encuentran un refugio para musitar sus preguntas y exhibir sus angustias. No oculta el lugar que los sentimientos han intervenido en su trabajo de creación

“Todo lo que he hecho en mi vida ha sido emocional y lo emocional se lo he entregado a mis películas”. En la actualidad la presencia y el lugar que las mujeres van asumiendo en la sociedad marca un hito hasta un punto inédito en nuestras sociedades. La llamada liberación de las mujeres es de una dimensión más inclusiva socialmente y que implica a toda la sociedad. Será crucial que se reconozca esta nueva realidad como el comienzo de una nueva era.

La presencia ineludible de la muerte

Los sentimientos religiosos de Bergman están íntimamente ligados a sus experiencias infantiles y se expresan abiertamente, entre otros, en su filme El Séptimo Sello (1956) como un punto clave en la vida de Bergman, “es definitivamente una de las últimas expresiones de profesión de fe manifiesta, expresiones que había heredado de mi padre y que llevaba desde mi infancia”

Filmarla le costó mucho ya que no lograba que le aprobaran el proyecto y contó finalmente con número limitado de días y recursos para llevarla a cabo. Pero, para él, “es una de las pocas películas que verdaderamente llevo cerca del corazón.” En el momento de filmarla estaba “firmemente atrapado en la problemática religiosa” lo que le permite mantener un “relativo alto el fuego entre la devoción infantil y el duro racionalismo” que en el filme se refleja en la relación entre el caballero y su escudero y la presencia de la muerte con quien juega una partida de ajedrez. “Cuando hice El Sello la oración, tanto para mí como para los demás, era una realidad central en mi vida. Orar era un acto completamente natural.” (Imágenes, 207)

La presencia de la muerte aparece desde el comienzo. Había acordado que la Muerte llevaría una máscara, una máscara blanca, como una especie de máscara de payaso y calavera. Se presenta delante de Arteminus el caballero que lo reconoce. Sabe que viene por él y lo desafía a una partida de ajedrez donde se juega el todo por el todo. Mientras tanto, en el pueblo el pintor de la iglesia está moteando la danza de la muerte. En un momento, Arteminus le pregunta a la Muerte porque nadie se le escapa y por qué él no se podrá escapar. La muerte ha notado que algo le oculta. Éste ha visto huir al carromato que llevaba a Jof, a Mia y el niño, los artistas ambulantes de las garras de la muerte. Para Bergman ese trío representa algo importante; “si uno quita la teología queda lo santo”. (Imágenes, 204)

Antes de irse, quiere que la Muerte le explique su misterio. La muerte afirma: tú no sabes nada, nada y yo no sé nada. Enseguida el pequeño grupo se ha reunido: el caballero, su esposa y el escudero, otra pareja mayor y una joven que lee las palabras del libro del Apocalipsis con que abrió el filme: el recuerdo de las siete trompetas (Cap.8). En ese momento, se hace presente, entre las sombras, la Muerte y una de las mujeres con rostro angustiado exclama: “Consumado es”- Se abre paso así a la escena final. Los artistas ambulantes están en el campo, ven a lo lejos en medio de un cielo tormentoso al grupo precedido por una severa muerte que los mueve a danzar en el camino, marchando hacia la oscuridad, mientras la lluvia del amanecer va enjugando sus lágrimas.

Se puede recordar, por otra parte, que aparecen débiles fragmentos inconexos de su devoción infantil aquí y allá donde  parece querer encontrar el sentido de la vida, dejando marcas de lo que creía “se podía llamar una salvación que no es de este mundo”, mientras, al mismo tiempo, afloraba en él la convicción de que el ser humano “lleva en sí mismo su propia santidad, que es de este mundo y no tiene explicación fuera de él.” Bergman ha reconocido que siempre ha llevado consigo “un profundo miedo enfermizo a la muerte” y que, en gran medida, ese miedo ha estado ligado a sus ideas religiosas.

Persona 1966

El tema de la muerte, aunque difícil de comprender, le resultaba liberador. Su miedo parece calmarse con la idea de que “lo que antes era tan aterrador y misterioso, lo que no es de este mundo, no existe. Todo es de este mundo. Todo está dentro de nosotros, ocurre dentro de nosotros y entramos y salimos unos de otros: es así. Y está muy bien.”

El inescapable tema de la muerte está presentado aquí como un inevitable camino que aparece cuando uno menos lo espera. Bergman ha hecho una pintura muy peculiar de la muerte con la figura de un payaso con su rostro de blanca fachada inmóvil. Curiosamente es identificable y parece que se la puede desafiar, pero hasta ahí nomás. La muerte da tiempo con una partida de ajedrez pero siempre tendrá el “jaque mate”. Bergman la ha introducido en medio de un clima de fiesta, opresión, sentimientos religiosos y una esperanzada familia de artistas ambulantes. Es un cuadro de la vida misma en toda su vibración. El caballero no es invencible, muestra cierto cansancio, como si la vida llamara al silencio. Pensar en la muerte propia no es fácil. A no ser que uno esté en los reconocidos momentos finales, siempre parece que la vida no se va a interrumpir.

Los lazos con la vida parecen muy firmes aun cuando hay que reconocer que son débiles y se quiebran en forma sorpresiva. No pareciera haber en la mirada del filme una respuesta alentadora. Una respuesta que, después de todo, nadie está en condiciones de dar con firme certeza. Las respuestas religiosas son mayormente alentadoras sobre la prolongación de la vida en un más allá que nadie conoce más que en el mundo de las promesas. Aferrarse a esas promesas es buena parte de la confianza de los creyentes que, tienen que reconocer que lo hacen y comparten aunque nunca se hayan confirmado. De todas maneras, si no es posible acompañar esa confianza, no por ello el tema deja de ser ajeno e inescudriñable, porque se trata de algo que concierne a todo ser humano.

El silencio de Dios

Pero, por cierto, este no es el final de las preocupaciones religiosas de Bergman. El tema se colará en varios de sus siguientes creaciones. Baste mencionar La fuente de la Doncella (1959) donde, a partir de una canción tradicional medieval, relata la historia de una joven que es violada y cuyo padre procura una cruenta venganza. Se ha comentado que a Bergman “el concepto de redención y purificación del mal lo atormenta y… su arte se desarrolla desde sus comienzos en poesía de carácter universal.” Bergman parece no reconocerlo e insiste en que su interés estaba concentrado en la atroz historia de la chica y la venganza. Por eso “la idea de Dios hacía ya mucho que había empezado a resquebrajarse y quedaba más que nada como un adorno.”

El tema de Dios no desaparece en sus siguientes películas. Baste, al menos, mencionar dos de ellas. En Detrás de un vidrio oscuro (1960) Bergman dice que ha tratado de describir un caso de histeria religiosa. Así, en un momento de desesperación la protagonista al ver una araña cree que se trata de Dios. En otro momento dos personajes dialogan. Uno comenta: “No sé si el amor es una prueba de la existencia de Dios, o si el amor es Dios.” La otra pregunta: “Para ti ¿amor y Dios son la misma cosa?” y recibe una apesadumbrada respuesta: “Mi vacío y mi sucia carencia de esperanza descansan en ese pensamiento”.

En Luz de invierno (1962), el tema religioso ha deparado más de un comentario crítico. Algunos la ven como una representación de la pasión de Cristo. Es la historia de un pastor que está muriendo emocionalmente. Aquí se escucha otra vez: “Dios es el amor y el amor es Dios”. Para comprender el sufrimiento que padece el pastor a causa de la soledad y la muerte Bergman deja que cada uno interprete, si es creyente, que es Dios el que habla o, si no, el que está callado. Repetidamente menciona “El silencio de Dios”, que son como acotaciones a su confesión de ausencia de fe. El agobiado y desesperanzado feligrés que va a consultarlo porque tiene miedo del fin del mundo, se va sin respuesta y, finalmente, se quita la vida.

La maestra del pueblo quiere conquistarlo, pero el pastor sigue aferrado al recuerdo de su fallecida esposa y la rechaza con cierto desdén. El diácono de la parroquia le dice al pastor que él pone demasiado acento en el sufrimiento, ”… porque después de todo, Jesús solo sufrió por cuatro horas.” Pero su mayor sufrimiento fue el abandono de los discípulos que habían estado tres años con él. Sufrimiento es advertir que nadie te comprende y estás solo cuando necesitas confiar en alguien. Pero no fue lo peor para Jesús. Lo peor fue cuando no pudo menos que clamar a gran voz “Dios mío, Dios mí ¿Por qué me has abandonado”? Eso parecía significar” que todo lo que había creído era mentira. Cristo tuvo grandes dudas antes de morir. Ese debe haber sido su peor sufrimiento. Me refiero al silencio de Dios.”

La misteriosa comunidad que proporciona el sufrimiento, expresa el hondo sentido de la vida y de las dolorosas circunstancias que pueden presentarse. La realidad de lo que es el ser humano que se comunica en el encuentro con el otro, pero que también zanja una distancia infranqueable que solo produce destrucción y el aniquilamiento de todos. El diácono ha sabido leer el hondo mensaje que no se centra en detallar dolores físicos sobre el que yace en el calvario, sino la angustia y la desesperanza del abandono que torna a todo carente de valor.

La idea del sufrimiento domina mucho pensamiento religioso. Pero muchas veces no se trata del sufrimiento de quien procura acercarse al otro. El tener que padecer parece ser un ingrediente fundamental del ejercicio de un tipo de fe donde la imagen de un dios sufriente es el ejemplo a seguir.

El silencio

Un ejemplo más puede darnos otra dimensión de lo que se trata de entender a partir de la experiencia de Bergman. En ese mismo año, 1962, presenta “El Silencio” que es una clara realidad de lo que pasa cuando Dios mantiene silencio.

Es la historia de Esther, su hermana Anna y su pequeño niño que viajan en tren por un extraño país. Todo da a entender que algo grave sucede cuando tienen que detenerse en una ciudad llamada Timoka, de un desconocido país. No llegan a entender la lengua que se habla en ese lugar. Esther está enferma. La relación entre las hermanas es distante y agria. El niño solo parece contemplar lo que pasa. Ha visto los tanques, ha escuchado las sirenas, ha recorrido los solitarios pasillos del hotel. Esta densa atmósfera crea una interna tensión donde nada se comparte, y resulta casi imposible sacudir el tedio y la angustia que crece. Se acentúa el distanciamiento y la incomunicación.

Sin entrar a señalar otros aspectos del relato, y evitando toda interpretación psicológica, parece más apropiado entender aquí que se está con un drama existencial. La vida que no tiene sentido y no existen lazos de relación con los otros, ni parece que pudiera haberlos. Viene el recuerdo del diácono que, en su diálogo con el pastor, le llama la atención que lo que más le impactó del relato del evangelio es la soledad como el mayor dolor. Allí, cuando le abandonan sus amigos, hasta Dios parece ausente y toda su vida parece ponerse en duda.

El silencio que puede rodear a un ser humano es más que una fuerte depresión, es una experiencia del sin sentido. Reconocer y comprender el silencio que rodea es una experiencia que invita a enfrentarla ¿Qué hacer en estas circunstancias? Es más ¿qué soy si nada me une a nada? La búsqueda de nueva luz, parece que no puede impedir que se atraviese el camino de sombra y de muerte. Como la vida misma no puede dejar de experimentar ese silencio, si es permitido esperar una nueva vida.

Es posible y atendible que muchos de los comentarios mencionados resulten chocantes, quizás porque son parte de experiencias honestas y vitales. Lo que importa es si se puede percibir que un viento de libertad parece acompañarlas como una invitación a dejar de lado los dogmatismos y empezar a ejercitar el libre juego del misterio. Bergman, reflexionando sobre su propia experiencia afirmaba convencido: “Mis propias ideas religiosas estaban haciendo mutis por el foro.”   Uno de sus últimos filmes, Saraband (2003), es la historia de dos adultos mayores que han estado distanciados durante muchos años. Se recorre la vida de esta pareja, sus alegrías y desencantos. Ella ha ido a buscarlo y, después de muchos forcejeos entre distanciarse y acercarse, alguna luz aparece para ellos. Una noche él va al cuarto de ella, porque se siente descompuesto y angustiado. Tiene miedo a la muerte con una “angustia infernal, que es más grande que yo”- Quiere gritar, pero se siente como un bebe que no acepta ser consolado. Ella lo invita a que comparta su cama. El duda, pero requiere que ambos se desnuden, como si reprodujera una imagen del jardín del Edén, y, así, comparten el angosto lecho.   La angustia de la soledad puede ser una constante que se repite en la vida del ser humano.  El intenso pasado que, de una manera u otra, todo ser humano tiene en su mochila, cargada de recuerdos y mandatos, habrá de estar siempre presente, recreado, sublimado o aborrecido, con una necesidad imperiosa del contacto con otro ser humano, quizás como una misteriosa e insistente búsqueda en el misterio de la vida, donde siempre asoma como cercana y lejana una pálida imagen de Dios. + (PE)
 

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