SOBRE LA PROPIEDAD DE LA TIERRA Y LOS SIMBOLOS PATRIOS

Por Susana Merino

Buenos Aires

¿Cómo se puede aceptar que la tierra sea propiedad de unos pocos?

No soy tan erudita como para recordar qué dice la Biblia al respecto, pero basándome en el sentido común y en la aseveración de Thomas Paine, puedo decir con él que Dios no puso una agencia de Bienes Raíces en el planeta para privatizar la tierra.

Es lógico que se la cultive y que el trabajo de quien lo hace sea remunerado como todos los demás trabajos como lo establece nuestra organización social que no es precisamente la de los indígenas que la habitaron y la siguen habitando con bastante más lógica que la nuestra.

Ahora bien, la tierra cultivada da sus frutos, pero esos frutos se deben no solo al humus, los minerales y demás componentes del suelo, sino también a la contribución del aire, del sol, de la lluvia, de los insectos y los pájaros polinizadores que son parte inescindible del ambiente terráqueo y que como tal nos pertenece a todos.

Es decir que el producto de la siembra no debe beneficiar solo a unos pocos sino al total de la comunidad (incluido el que la cultiva) de otro modo si los agricultores se negaran a compartir el resultado de su trabajo y el de los elementos que se lo hacen posible tendríamos que ir pensando en emigrar a otro planeta. Algo sucede, aunque en menor escala con los migrantes que arriesgan hasta su propia vida para buscar el sustento que en su lugar de origen arbitrariamente se les niega. Algo ciertamente inadmisible a esta altura de nuestra civilización “occidental y cristiana”

La fragmentación de la tierra se ha consolidado en mayor medida con el sistema capitalista hecho a medida de quienes acumulan capital sobre la base del trabajo ajeno. El socialismo en cambio propugna algo mucho más coherente que es la propiedad comunitaria como lo ha sido siempre en las comunidades indígenas que habitaban y aun habitan este continente y aunque las consideremos salvajes es evidente que se basan en auténticos criterios de mancomunidad y de una más equilibrada convivencia.

Creo que es hora de que reflexionemos y advirtamos que este sistema ha incrementado la desigualdad de los seres humanos algunos de los cuales, los menos, pueden apropiarse por compra, herencia o arrebato de un pedacito del planeta, algo a todas luces arbitrario y solo protegido por leyes que establecen los más audaces y los más fuertes, pero absolutamente reñidas con la equidad, la justicia y en nuestro caso con los principios cristianos.

Y finalmente estoy absolutamente en contra de los símbolos que avalan esas arbitrariedades como la bandera, el escudo, el himno cuyo principal objetivo es además de nublar la poca racionalidad que ostentamos los seres humanos es conducirnos a aceptar la mayor parte de las incongruencias  que socialmente establecemos y  que al tiempo que pregonan “libertad, igualdad, fraternidad”, imponen arbitrarias fronteras, nacionalidades y requisitos que ni los irracionales animales silvestres están obligados a respetar.

Comprendo y desde luego estoy absolutamente convencida de que el amor a la tierra constituye algo innato, valioso y auténticamente respetable en el ser humano, pero lo normal es amar el entorno en que se nace, se crece, se desarrolla la propia vida y no el amor indiferenciado a algún vasto territorio llamado país. Amamos el terruño, su lengua, su música, sus aromas, sus canciones, sus árboles, pero no podemos amar algo tan extenso e indiferenciado como un país o por lo menos no de la misma manera.

El soldadito que da su vida por la “bandera” no es convocado a defender su terruño, sino a defender símbolos que le fueron inculcados desde la más tierna infancia. Y eso no es cristiano. Cuanto más lógico sería que los símbolos que lo convocan sean una zamba, una cueca, la flor del ceibo, el azul del tarco o el rosado lapacho y aun así seguiría pensando que la guerra solo sirve ignominiosamente al poder y al dinero siempre a costa del ciudadano de a pie. + (PE)

SN 497/19

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