Defender la alegría

Por Washington Uranga

Buenos Aires

Antonio es un trabajador jubilado como obrero de la construcción. Vive en un barrio obrero del conurbano. Para más precisión, cerca de La Plata.

Este domingo se levantó temprano, repitiendo un hábito de sus tiempos activos en los que la jornada se iniciaba con apenas despuntar el alba. Pero hoy domingo el propósito era otro: estuvo entre los primeros en la fila para emitir su voto en la escuela del barrio. Por su edad, no estaba obligado a votar. Tampoco no es ni ha sido militante político. “Pero hoy tenía que ir… no podía faltar”. Y recordó la suba de tarifas y lo poco que ganan los jubilados.

Fiel a la antigua tradición que reza que “el voto es secreto” Antonio no revela por quién votó. Pero sonríe y deja escapar una frase que lo descubre… “hay que ayudar a que esto se termine de una buena vez, hay que recuperar la alegría”.

Antonio preparó este día con su grupo de amigos. Apenas un puñadito de hombres, de la misma edad y condición. Son los que se reúnen tarde a tarde siempre en el mismo barcito para tomar unas cervezas y jugar al truco.

Durante la semana hablaron, intercambiaron y aunque no es el tema habitual entre ellos, la política atravesó los diálogos. Y no fue difícil llegar a la conclusión de que este domingo habría motivos para celebrar. Se juntaron unos pesos, cada uno puso lo que pudo, lo que tenía. Con el aporte generoso del carnicero que hizo “un descuento especial por elecciones”, se reunió lo suficiente para comprar un corderito. El mismo animalito que en la tarde del domingo, aún antes de que cerraran las votaciones, ya estaba sobre la parrilla mientras la cerveza comenzó a correr y la alegría volvió a circular hasta contagiar a otros visitantes no habituales.

No habían llegado todavía los números. El resultado intuido, trascendido, pero no oficializado, fue motivo más que suficiente. Mientras las brasas comenzaban a dar cuenta del corderito y la cerveza seguía corriendo en las mesas, Antonio y sus amigos casi no prestaban atención a las pantallas de televisión de aquel barcito de barrio. Los resultados se daban por descontados y la alegría flotaba en el ambiente. Hasta algunos cantos y estribillos aludían a “los que se van” y a “los que vendrán”.

Aunque seguramente ninguno de los allí reunidos conoció y quizás tampoco haya sabido de la existencia de Mario Benedetti, bien podrían haber sido intérpretes y protagonistas impensados de uno de sus poemas: “defender la alegría como una trinchera; defenderla del caos y de las pesadillas; de la ajada miseria y de los miserables, de las ausencias breves y definitivas, defender la alegría como un atributo…”.

Porque para Antonio y los suyos, volvió la alegría. Y se abre camino la esperanza. + (PE/Página 12)

Imagen: Sandra Cartasso en Pàgina 12

SN 518/19

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