El poeta que rezó la muerte de Marilyn Monroe

Ernesto Cardenal cumple 95 años

Por Lucia López Alonso

Madrid España

El nicaragüense Ernesto Cardenal, poeta y sacerdote, es para muchos también una de las voces más valientes y críticas de la sociedad posmoderna.

Recordamos uno de sus mejores libros, “Oración por Marilyn Monroe”

Publicado nada menos que en 1984, el mismo año en que el papa Juan Pablo II prohibió a Cardenal administrar los sacramentos, suspendiéndole en sus funciones de sacerdote por ejercer la política en el FSLN

El autor escribe que en el templo del cuerpo de Marilyn “está el Hijo del Hombre/ con un látigo en la mano/ expulsando a los mercaderes/ de la 20th Century Fox”

El nicaragüense Ernesto Cardenal, poeta y sacerdote, es para muchos también una de las voces más valientes y críticas de la sociedad posmoderna. Hoy que cumple 95 años, retirado en el exilio interior de su casa de Managua pero todavía escribiendo, recordamos uno de sus mejores libros, “Oración por Marilyn Monroe”. Publicado nada menos que en 1984, el mismo año en que el papa Juan Pablo II prohibió a Cardenal administrar los sacramentos, suspendiéndole en sus funciones de sacerdote por ejercer la política como Ministro de Cultura del Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua.

Para Cardenal, quien no encontraba incongruencia alguna en trabajar por la liberación de los empobrecidos, por los derechos sociales, desde el sacerdocio y la teología y desde la revolución política a la vez, fue una decepción muy dolorosa aquel castigo del Vaticano, que no ha sido reparado hasta la llegada de Francisco. Sin embargo, no perdió ni la fe en la belleza de lo interior ni la misericordia ante la debilidad de los otros, reflejando ambas convicciones o actitudes en este gran poema, un réquiem por la Monroe.

Una Marilyn sin maquillar

¿Por qué reza en 1984 este sacerdote nicaragüense la muerte de una estrella de Hollywood que se suicidó en 1962? Tal vez sintiera esos versos como cuenta pendiente de la civilización occidental entera con una Marilyn manipulada y aprovechada por todos: la industria del cine y los que la seguían desde el otro lado de la pantalla. “Señor, recibe a esta muchacha” son los primeros versos del poema de Cardenal, que sigue describiendo al personaje con una mezcla de ironía y profunda compasión: “que ahora se presenta ante ti/ sin ningún maquillaje/ sin su Agente de Prensa/ sin fotógrafos”.

Marilyn Monroe

El poeta hace inventario de todo el atrezzo impuesto por el oficio (de celebrity) del que solamente la muerte salvó a Marilyn: el tinte de pelo, la barra de labios, el esmalte de uñas, la cirugía, el manager. Invita a imaginarla desnuda, libre, despojada, y escribe que en el templo de su cuerpo (aludiendo a que toda persona debería ser sagrada por el hecho de estar viva) “está el Hijo del Hombre/ con un látigo en la mano/ expulsando a los mercaderes/ de la 20th Century Fox/ que hicieron de Tu casa de oración/ una cueva de ladrones”.

Víctima de la sociedad de consumo

De ese modo el poeta describe a Monroe en su indefensión: cosificada, prácticamente prostituida, víctima de una sociedad de consumo, oportunidades de foto y sueños americanos no cumplidos. “Un rostro del que se puede disponer multitud de veces”, como la definió Dorothee Sölle en 1985, en el prólogo a la segunda edición de la “Oración por Marilyn Monroe” (Ediciones Anamá). Una niña nacida en un suburbio pobre, en un ambiente inhumano que hizo que fuera violada en la infancia, se intentara suicidar a los 16 años y huyera a la meca del cine para poder abandonar la tienda en la que trabajaba como vendedora, ahogada por el tedio.

¿Se puede culpar a Marilyn de aspirar a algo mejor a través de la fama? Por supuesto que no, responde Cardenal. “Señor/ en este mundo/ contaminado de pecados y de radioactividad/ Tú no culparás”, continúa su poema. Se apiada de Marilyn, la expía de toda culpa. Una Marilyn desengañada (poco antes de suicidarse le dijo a su amigo Warhol: “Se supone que esto es arte, y no una fábrica”, en una expresión deliciosa por sus múltiples significados…), escapada del oficio de vendedora para convertirse “toda ella en algo vendible”.

Ernesto Cardenal denuncia, además, que cuando se busca la independencia en el dinero, el éxito… a menudo puede encontrarse lo contrario, y desde luego nunca la felicidad. “Al final, ya casi no era posible rodar una película con ella”, explica Sölle en el prólogo, refiriéndose a las depresiones que padeció Monroe. Y el poeta analiza la misma situación, pero con una claridad de lenguaje mágica: “Ella tenía hambre/ de amor/ y le ofrecimos tranquilizantes”.

Así de simple, y así de complejo. Pues, ¿no se puede recibir el sentido de estos versos de manera similar al Evangelio, al “tuve hambre y me disteis de comer”? ¿No está acusando Cardenal a la sociedad occidental de lo contrario? La hicimos nuestro ídolo y nos olvidamos de ella, viene a decir. La sacrificamos. “Perdónanos/ a nosotros/ por nuestra 20th Century/ Por esta Colosal Super-Producción/ en la que todos hemos trabajado”, remata. Por este siglo XX de artificiosidad, guerras, armamento nuclear, muros y soledades urbanas.

El teléfono de la incomunicación

Con una visualidad rotunda, en el poema Cardenal describe a la estrella muerta con el teléfono en la mano, y se pregunta a quién llamaría y también inventa que nadie contestó, sino que se escuchó una máquina: “Wrong number”. De esta manera completa un retrato aterrador del icono hollywoodiense: después de estar en todas las portadas, una mujer muere completamente sola, sin nadie cerca ni a través del teléfono. Y entonces apela a la compasión del lector: si antes le ha hecho cómplice de la objetualización de Monroe, ahora le enseña la necesidad del réquiem. Que todos los muertos merecen ser recordados, sobre todo los solos. Que el que reza por los muertos le devuelve un sentido a sus vidas, después de la propia vida. + (PE/Religión Digital)

Imàgenes

 Ernesto Cardenal

‘Gold Marilyn’: la actriz aislada en el centro de un cuadro lleno de oro, de A. Warhol

SN 020/20

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