La Iglesia comenzó a prohibir los Carnavales en el siglo IV

Pareja Disfrazada en Venecia

Por Baltasar Bueno

Desde Valencia

Sobrevivieron los carnavales hasta nuestra época, a pesar de la constante presión de la Iglesia en contra, la que, muy tempranamente (en los Concilios de Laodicea, a.320, y Auxerre, a. 585), comenzó a prohibirlos imponiendo duras penas (hasta tres años de penitencia) a quienes asistieran a ellos

Desde los Concilios toledanos, la prohibición de los Carnavales aparece en todos los estatutos sinodales de España, al menos hasta hace un siglo

Lo de los carnavales lo tenemos los españoles desde nuestra solera romana, que nos legó sus fiestas saturnales. Los musulmanes los respetaron, adaptaron e hicieron suyos, para a renglón seguido, sus herederos los renacentistas las potenciaron. Sobrevivieron los carnavales hasta nuestra época, a pesar de la constante presión de la Iglesia en contra, la que, muy tempranamente (en los Concilios de Laodicea, a.320, y Auxerre, a. 585), comenzó a prohibirlos imponiendo duras penas (hasta tres años de penitencia) a quienes asistieran a ellos. Desde los Concilios toledanos, la prohibición de los Carnavales aparece en todos los estatutos sinodales de España, al menos hasta hace un siglo.

El espíritu eclesiástico fue influencer de la legislación civil a épocas. En 1523, el rey Carlos I impuso la pena de 100 azotes o seis meses de destierro al que se disfrazara de máscara en tiempo de carnaval durante el día, pena que se doblaba si la juerga era de noche. 

Felipe IV, sin embargo, era partidario de los carnavales y los protegió. En 1716, Felipe V se mostró contrario y elevó las penas a los carnavaleros desde 30 días de cárcel hasta cuatro años de galera. Carlos III muy influido por la moda italiana los favoreció y Felipe VII no los consintió. La reina María Cristina los potenció. Iban los carnavales de un lado a otro. En este caso, como en muchos otros, al rey no le hicieron ni caso y carnavales o mascaradas que hubo.

Se dio la potestad de permitir o prohibir los bailes de máscaras a los gobernadores civiles y donde ellos no residían a los alcaldes, quienes dictaban las ordenanzas oportunas, disponiendo “las condiciones en que se permiten las máscaras y disfraces”.

Los carnavales o mascarada debían durar tres días y “sólo hasta el anochecer para andar por la calle: prohibiéndose el disfrazarse con trajes eclesiásticos o de religiosos, altos funcionarios y militares, usar armas y espuelas, tanto para la calle como para los bailes de máscaras, así como que en estos entren los militares con espada y los paisanos con bastón, excepto la autoridad que los presida, que puede mandar quitar la careta a quien diere motivo para ello”.

En el Código Penal de 1870 (artº 591) estaba considerado falta contra el orden público “el hecho de salir de máscara en tiempo no permitido contraviniendo a las disposiciones de la autoridad”.

El franquismo acabó con los Carnavales, excepto en algunas ciudades y pueblos que los disimularon como fiestas de primavera o incluso patronales, o no se atrevieron con ellos. Tras la Constitución de 1978, se reactivaron los carnavales por todas partes, siendo los más llamativos los de Cádiz y Canarias, los primeros mezcla de sátira humorística y arte y en Canarias sólo arte, estética, ingenio, danza y música, batucadas.

En el caso de Valencia, con las prohibiciones carnavalescas del franquismo, el pueblo llano se pasó a las Fallas, convirtiéndolas en sus propias fiestas saturnales, equinocciales, en carnavales de primavera. De ahí que sean pocos los lugares que en esta tierra celebren los Carnavales como antaño, habiendo quedado mayoritariamente para el calendario escolar, salvo las honrosas excepciones de Villar del Arzobispo con su Chinchoso –un año quemaron a Camps- Vinarós y Pego.

Hoy los Carnavales españoles contienen todo lo que se prohibió en épocas absolutistas. No hay desfile de carnaval o mascarada que no aparezcan personas con disfraces eclesiásticos –sobre todo monjas y mitras episcopales- y militares, es consustancial a los desfiles, algo infaltable. En parte como reliquia subliminal, en parte vendetta y en parte porque algunos elementos ornamentales litúrgicos, hoy, para el gran público, sobre todo el increyente, suenan a cosas raras muy de pasado que no van con los tiempos que corren, o no se entienden. + (PE/RD)

SN 061/20

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