La Iglesia Metodista y el derecho al trabajo.

Por Aníbal Sicardi (*)
Bahía Blanca

La celebración del Día del Trabajador Internacional, el primero de mayo, es en recuerdo de lo ocurrido en la ciudad de Chicago en mayo de 1886. En esos días hubo grandes manifestaciones obreras en reclamo de leyes dignas para el trabajador, entre ellas las 8 horas de trabajo que en ese entonces eran de 12 y 16 horas y legalmente podían extenderse a 18 horas. El lema obrero fue “ocho horas para el trabajo, ocho horas para el sueño y ocho horas para la casa”.

Una de esas manifestaciones, que tenía permiso de la Alcaldía, fue reprimida por policías provocando muertos, heridos y muchos detenidos. A un grupo de ellos se les hizo juicio con fuertes sentencias. Dos fueron condenados a la pena de muerte. Posteriormente se comprobó que las acusaciones de que habían colocado bombas y agredido a la policía eran falsas. Fueron conocidos como los Mártires de Chicago.

Entre los Mártires se encontraba Samuel Fielden, inglés, 39 años, pastor metodista y obrero textil. En Inglaterra había sido superintendente de las Escuelas Dominicales. En 1864 se trasladó a Nueva York y trabajó en algunos telares. Ingresó en la Liga Liberal en 1880. Se declaró socialista y fue activo miembro de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El activismo en la lucha obrera del metodista Samuel Fielden no fue casual, ni circunstancial. La Iglesia Metodista tenía una fuerte participación social que se concretaba en distintas formas, entre ellas la de militar en movimientos como el que ingresó Fielden.

La Iglesia Metodista surgió en Inglaterra por iniciativa de varios pastores anglicanos liderados por uno de ellos, Juan Wesley. El 24 de mayo de 1738, en un pequeño local de la calle Aldersgate, Juan Wesley tuvo una profunda experiencia personal que reforzó sus convicciones y se sintió impulsado por Dios a seguir el camino firme de predicación y práctica del evangelio.

Tres años después había unos tres mil metodistas, casi todos, de los sectores bajos, lo cual señalaba claramente la prioridad de este grupo de pastores anglicanos. En 1780 eran unos 53 mil lo que evidenció el impacto del que se llamó Movimiento Metodista, que tenía una real participación en los asuntos sociales de ese país.

Inglaterra del 1770
La década de 1770 fue sumamente difícil para Inglaterra. Crisis generalizada hasta la hambruna. Juan Wesley decide escribir sobre lo que estaba pasando. El documento lo tituló “Reflexiones sobre la presente escasez de comestibles”.

Lo primero que se pregunta es “¿por qué miles de personas están hambrientas, pereciendo de necesidad en cada lugar de la Nación?”; “lo que he visto con mis propios ojos, en cada rincón del país”. Y comenta varios casos patéticos que conoce. En esa simple introducción aparece algo característico del metodismo, empezar por la práctica, lo que acontece, lo que se conoce. La praxis.

Luego avanza y se interroga “¿Ahora bien, por qué es esto así? ¿Por qué toda esta gente no tiene nada que comer?”. Se responde: “La sencilla razón de por qué no tienen comida es porque no trabajan”.

Agrega: “¿Pero por qué no tienen trabajo? ¿Por qué hay tantos miles de personas en Londres, en Bristol, en Norwick, en cada condado, desde un confín al otro de Inglaterra totalmente carentes de empleo? Porque las personas que acostumbraban a emplearlas ya no tienen los medios para hacerlo. Muchos que antes empleaban cincuenta, ahora escasamente emplean diez; los que empleaban veinte, ahora emplean uno o ninguno. No lo pueden hacer porque no tienen salida para sus productos”.

Una simple, pero exacta descripción de lo que imprimía la Revolución Industrial, con una percepción muy clara de que la gente no tenía la culpa. Por nada recurre a lo que se suele decir “no trabajan porque son unos vagos”. Wesley clava la mirada en las causas y no en culpar a las víctimas.

El líder del metodismo se preguntó sobre el porqué están tan caros los alimentos. Describe varias situaciones. Una de ellas es el alto precio del cerdo, las aves y los huevos.

Afirma: “Por la monopolización de las granjas, acaso el monopolio más dañino jamás introducido en estos reinos”. Comenta que “la tierra que algunos años atrás estaba dividida entre diez o veinte pequeños granjeros y que les posibilitaba proveer con comodidad para sus familias, ahora es acaparada por un importante y único granjero. Uno cultiva una finca de doscientas hectáreas al año que anteriormente mantenía a diez o veinte”.

Además de que se eliminan gran cantidad de empleos en las granjas, la gente se queda sin alimentos ya que esos nuevos dueños, que Wesley califica como “los grandes caballeros-granjeros”, no cultivaban la tierra como antes ni tampoco cuidaban las granjas por lo que los alimentos escaseaban y subían de precio.

El precio del pan
Igual metodología utiliza Wesley para examinar otras situaciones. Se pregunta “¿por qué el pan de trigo tiene un precio tan elevado?”. Se responde: “Dejando de lado causas parciales (que, en verdad, juntándolas todas, importan menos que una mosca posada sobre la rueda), la gran causa es por la inmensa cantidad de grano continuamente consumida para destilar alcohol, casi la mitad del trigo en el reino es consumida cada año, no de manera tan inocua como arrojarlo al mar, sino para convertirlo en un veneno ponzoñoso; veneno que naturalmente destruye no sólo la fuerza y la vida, sino también la moral de nuestros compatriotas”.

Estas declaraciones de Wesley no son un hecho fortuito. Son  las consecuencias de una postura imbricada desde el inicio del movimiento metodista que se hace cargo de los clamores de la gente como parte de su compromiso con el evangelio de Jesucristo.

Con el tiempo, lo descripto por Wesley se va ampliando. Por una parte, el sistema que atornilla al trabajador como un elemento rentable para el beneficio económico. Paralelamente avanza el concepto de ver al trabajador como un sujeto, un ser humano, una persona. Así se llega a esa definición mencionado en los eventos del mayo de 1886 en Chicago. Ocho horas para trabajar, ocho horas para dormir, ocho horas para la familia.

El metodismo sigue atento ese desarrollo social.

En la primera década de 1900 las Iglesias Metodistas de EE.UU. redactan un documento llamado Credo Social, con16 puntos, que luego es adaptado por otras iglesias metodistas del continente.

Una de las cláusulas es “El derecho de todo ser humano a tener la oportunidad de un trabajo digno que le permita su propio sostenimiento”, y agrega: “Comprometiéndonos para garantizar este derecho contra todo abuso o explotación física, económica y/o psicológica”.

Además, el Credo menciona la protección de cobertura de desempleo y de la seguridad social; el descanso semanal y en párrafo diferencial la “Protección de los accidentes laborales: Medidas de Prevención y Protección de riesgos laborales de las trabajadoras y los trabajadores en la maquinaria, los equipamientos laborales y las obras insalubres o que pongan en peligro la integridad personal o la propia vida del trabajador o trabajadora”.

Escrito allá por el 1900 vale citar que en 2014 la OIT, Organización Internacional del Trabajo, informó que “Cada año mueren en el mundo 2.300.000 personas víctimas de accidentes y enfermedades laborales: 6.300 cada día”.

Hay distintos métodos de lucha, pero resulta evidente que el camino principal es combatir para que se reconozca el derecho al trabajo digno, especialmente para quienes sufren las peores condiciones laborales. La lucha por la aplicación de las leyes vigentes y la derogación de aquellas que trampean el derecho de los trabajadores y trabajadoras.

En el hoy, 2020, hay pruebas suficientes para afirmar que padecimos un sistema político-económico mediante el cual se eliminaron miles de puestos de trabajo, se redujo el salario del trabajador y trabajadora, se destruyó la industria nacional, se impulsó las importaciones destruyendo lo nacional y la distribución de la riqueza incrementó los bolsillos de los que más tienen y vació el de los trabajadores y trabajadoras.

Al mismo tiempo se desacreditó la educación pública y se despreció el rol de los docentes, se avasalló el cuidado de la salud, se recortó los beneficios de jubilados, jubiladas y pensionadas y se produjeron increíbles aumentos en la canasta familiar.

De esa forma se avanzó sistemáticamente contra los derechos humanos. Todo con la protección de los medios de comunicación hegemónicos.

 Apelando a una idea de determinado tipo de economía, se repitió, amplificado, lo denunciado por Wesley en su época, en el inicio de la Revolución Industrial. La situación se complicó para mal.

La lucha requiere de nuestro mayor esfuerzo porque se trata de pelear por la dignidad humana. Un desafío que exige nuestra introspección para distinguir entre las reacciones productos de una cultura determinada y el hecho de que estamos obligados a redescubrir el mensaje del Evangelio. + (PE)

(*) Aníbal Sicardi, pastor de la Iglesia Metodista Central de Bahía Blanca.

SN 185/20 

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