Tangos en las ventanas de la cuarentena: ¿Qué música escucha?

Por Eduardo Febbro

París

Desde París

 ” ¡ Monsieur, Monsieur ! Ne partez pas. Quelle musique vous ecoutez, s’il vous plaît ? “Señor, señor. No se vaya por favor ¿qué música escucha ?”

La señora sonreía desde su ventana mirando hacia la mía, asomada como un niño que descubre a Papá Noel en la ventana de enfrente. Tango, tango, señora, le dije. Se llevó las manos al corazón y exclamó: “Ay, usted no sabe, qué emoción. Hace un par de días que escucho su música y me acuerdo que, cuando éramos chicos, mi padre, en Túnez, se sentaba en el patio de la casa con un viejo gramófono, abría unas cajas muy pesadas, sacaba unos discos antiguos y escuchaba una música como la suya. Me trajo a la infancia”.

¡Vamos Argentina y tu tango ! Buenos Aires, París, Túnez y las ventanas del barrio. Con letras grandes, en unas hojas le escribí los tangos que estaba escuchando. D’Arienzo, Piazzolla, unos Gardel, unos Pugliese, un par de temas de Troilo y un disco irrepetible de Aníbal Troilo y Roberto Grela. La vecina llamó a su hija para que copiara los nombres. A los pocos días escuché desde mi ventana la música argentina que sonaba en la suya. París, Buenos Aires, Túnez.

La fuerza colectiva del confinamiento y la inmovilidad nos convocó a la salvación. Para que la historia humana siga su curso debemos confinarnos en vez de manifestar. Nuestras ventanas son el mundo. De allí se escapa parte del nuestro y se enlaza con los otros. De ventana a ventana, con la señora nos hicimos íntimos. Me volvió a llamar el otro día para decirme mil gracias. Me contó que había buscado por YouTube los temas y unos cursos de tango para bailar con su marido.

Estaba emocionada. La escena era humanamente sublime. De su ventana a la mía me contaba que recién con esa música se animó a contarle a sus hijos nacidos en Francia su infancia tunecina. Patria nuestra tejedora de recuerdos entre culturas distantes. Confinados y entrelazados. La señora y su marido se engancharon con unos D’Arienzos y, sobre todo, vaya a saber por qué, con el tango Silbando.

Se descargaron una versión de Gardel, otra de Edmundo Rivero, pero la que parecían preferir era la de Troilo y Grela. A la noche, oía los compases de Silbando saltando de su ventana y dos siluetas que ondulaban suavemente detrás de la cortina.

El tango ventanero siguió entrelazándonos detrás de los muros. La otra tarde, en pleno intercambio ventanero con la señora de Túnez, une nueva vecina, la del tercer piso, se introdujo en la conversación. La tunecina vivía en el quinto, yo en el cuarto y la señora de Toulon en el tercer piso.

Era francesa, trabajaba en el Instituto Pasteur de París y vivía en la capital francesa desde hacía 15 años. Había venido del sur de Francia, desde el puerto mediterráneo de Toulon. Era más tímida que la señora de Túnez y vivía sola, pero el tango le abría el alma. Ahí, como si esos estrechos miradores hacia el otro que eran las ventanas fueran un confesionario, nos contó que su padre había sido marino, capitán de barco. Solía estar ausente varios meses y cada vez que regresaba traía las manos llenas de cosas nuevas. En una de sus vueltas se vino con unos tangos porque había estado en Brasil y Buenos Aires.

”Yo era chiquita, pero empecé a saber lo que era el amor entre dos personas. Cuando mi padre volvía estábamos todos muy felices. La vuelta con los tangos resplandeció a mis padres. A la noche, mi papá y mi mamá se encerraban en la habitación y escuchaban tangos. Nosotros, con mis hermanos, escuchábamos detrás de la puerta esa música misteriosa venida de ultramar. Los tangos siempre me emocionaron mucho. Son, para mí, la música de mis padres y de su amor”.

La vecina de Túnez prometió hacer un Tango-Couscous cuando todo esto termine. En uno de esos atardeceres de nostalgia primaveral la vecina de Toulon me dijo que de aquella infancia Mediterránea su memoria rescató un nombre recóndito que su padre pronunciaba cuando hablaba de su tango preferido. ”Creo, dijo entre silencios y vibración, que lo reconocí una noche en que usted escuchaba música. No estoy segura si lo pronunció bien: La Yumba”. Dijo “Iumba”, pero era el tango de Osvaldo Pugliese que tantas y tantas veces había escuchado en estos días.

Puse la música primero y luego se lo escribí en una hoja: LA YUMBA. Buenos Aires, París, Túnez, Toulon, Che Bandoneón, el universo te conoce. Si sigue el confinamiento con estos tangos acabaré, desde la ventana, dando la vuelta al mundo. Sin Smartphone, sin redes sociales, sin nada virtual entre mi ventana parisina y el mundo.

“Si tuviera el corazón / El corazón que perdí”, dice uno de nuestros tangos (Uno). No lo perdimos, sólo lo habíamos cedido a un intruso frío y engañoso. Podemos amar y presentirnos sin conectarnos a nada. Es mi experiencia de la ventanita arrabalera de París. Estas ventanas son puertos pegados a otros puertos, anclados en el mar inmóvil de una crisis sanitaria.

Una sombra sonora parpadea en la noche de París. La sombra eterna de la vida, de la necesidad de los otros. ”Es un soplo la vida” y largo, largo el confinamiento. La velocidad tecnológica empañó la presencia del otro en la ventana, su música, sus emociones, su extrañeza. ”Pero el viajero que huye / Tarde o temprano detiene su andar”.

Tal vez, ese ”eco que trae un acento de un monótono bandoneón” ande suelto por ahí, saltando entre ventanas y soledades, buscando el idioma de una nueva humanidad. `+ (PE/Página 12)

SN 192/20 

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