VOCES DE LA VIDA. Capítulo I ¿Será una continuación?

Por Carlos Valle (*)

Buenos Aires.

El instante es la continuidad del tiempo, pues une el tiempo pasado con el tiempo futuro.

Aristóteles

          La continuidad implica necesariamente la alteración.

                                              Ferdinand Saussure

Es siempre conflictivo encarar el tema referido a lo que va más allá del mundo sensorial y trazar algunas reflexiones sobre lo que solo podrían ser sospechas o intuiciones que se hilvanan por experiencia o por búsquedas comparando lo experimentado por muchos. Es casi un hecho corriente que generalmente la discusión, o los elementos con los que se suele encararla, emergen para su tratamiento de un trasfondo que es mayormente común a quienes va dirigido.

En la cultura occidental subyace un fundamento del cristianismo en la constitución y acción de la sociedad. Reiteradamente, cuando se indaga el tema en la esfera del ambiente occidental, los aspectos sobrenaturales, los yerros, las exageraciones, las desmedidas comprensiones, entre otras muchas realidades, hacen que esa discusión se torne generalmente en un mero planteo dialéctico que no espera encontrar nuevas miradas. A lo sumo, reafirman la visión con la que enfrentó el intentado diálogo.

No es intención de este libro llegar a definiciones o afirmaciones que cierren el camino a toda discusión. Se trata más bien de compartir visiones, algunas que pueden considerarse muy extremas, pero que bien pueden recibirse como una nueva luz para entender una realidad que siempre se torna más inasibles y que, solo se solidifica en posiciones dogmáticas. Se propone encarar el lema desde la perspectiva de variados autores quienes quizás no llegaron a torcer la historia, pero hicieron oír su voz. Algunos encontraron un eco favorable, otros fueron ignorados, algunos tuvieron un momento de reconocimiento que iluminó el panorama del pensamiento como una débil luz de una pequeña vela.

Voces que se evaporan con el tiempo

Se podría preguntar por qué se producen esos momentos que parecen iluminar el universo y, a poco, se diluyen y desaparecen como si nunca hubiesen hecho su efímera presencia. ”La indiferencia es una enigmática zona gris”, pensaba George Steiner.  La zona gris es un espacio muy transitado cuando o se produce una encrucijada que parece no tener salida y hay un cierto desgano para acometer con la realidad, o se acometen planteos que tienden a crear, casi de la nada, como si fuera necesario obviar todo lo que creyó por ir al encuentro de lo que todavía no se sabe qué es.

En la década de 1960 surge en los países de norte una cierta desesperada búsqueda, en un clima social muy complicado, por encontrar un nuevo significado a las inquietudes religiosas. Esto se expresa claramente en el filme “El bebé de Rosemary” (1968) de Román Polanski, que gira alrededor de una inquietante y misteriosa posesión y procreación satánica. En un momento del filme se distingue un ejemplar de la revista Time con un gran titular en su portada “¿Ha muerto Dios?”. Ni el filme ni la tapa de Time son una casualidad. Son un reflejo de una compleja situación de crisis social de los años 60 interpretada con argumentos religiosos –recreado en algún momento como una lucha contra el “eje del mal”- una batalla final entre el bien y el mal. En ese contexto surge un movimiento teológico que da un paso desafiante y un tanto estridente bajo la bandera de la recurrida sentencia de Nietzche: “Dios ha muerto”.

Desde diversos sectores la preocupación surgía de la percepción de la profunda crisis en que había entrado el pensamiento religioso en una historia reciente y presente de guerras, genocidios y de inminentes peligros nucleares. Cuando Nietzsche lanzó su muchas veces malinterpretada afirmación “Dios ha muerto”, estaba desnudando los límites que había alcanzado una comprensión anquilosada y manoseada sobre la idea de Dios que había llegado a su fin. La desgarrada y definitiva noticia sobre el Dios que era, pero ha dejado de ser, reclamaba ser mirada con nuevos ojos.

Una desilusión religiosa

Este fuerte cuestionamiento provocado por las desilusiones de una teología de tendencia triunfalista se enfrentaba a realidades de desilusión y fracasos que la erosionaron sin piedad. Era un tiempo para comenzar a dejar de lado los ídolos convertidos en dioses, declarar su muerte e ir a la búsqueda de nuevas visiones.

Los vientos de tales esfuerzos no soplaron con demasiada intensidad en América Latina. Tuvieron más bien el colorido de un artículo de moda, de la constatación de un proceso de secularismo que no parecía cuadrar en ese contexto. Muy otras eran las preocupaciones y búsquedas de esos tiempos en estas tierras. La situación de dominación y pobreza dibujaba el mapa del continente. Fermentos de búsquedas de cambios revolucionarios aparecían en muchas partes. Junto a la lectura angustiante de la realidad nuevas comprensiones de la fe comenzaban a gestarse en varias partes bajo la llamada “teología de la liberación” sobre lo que habrá que considerar en otro momento.

Nombrando a los ídolos

Los posteriores y llamativos sucesos ocurridos en Europa con la desintegración de la Unión Soviética y la caída del muro de Berlín dibujaron perspectivas que rápidamente fueron asimiladas como triunfos que restauraban los viejos valores. Richard Shaull, un teólogo que hizo una importante contribución en América Latina, destacó “la tentación de las poderosas naciones a la idolatría” y afirmaba en su última obra, Naming the Idols, “Todo lo que le da un aura sacra a las estructuras legitimando la comunicación y la explotación de los débiles por los poderosos requiere sacrificios humanos.” Por eso, continúa, “inevitablemente una idolatría tal se convierte en inhumana y pide mayores sacrificios.” De manera que las búsquedas de cambio, los anhelos de liberación, la destrucción de los falsos dioses del progreso indefinido fueron opacados con anuncios del fin de la historia y del fin de toda teología que procurara un cambio radical.

¿Cómo se conjuga la experiencia del pasado: una rebelión que busca recapturar a un Dios vivo con los cambios experimentados en los últimos tiempos? ¿Las propuestas de respuesta a los desafíos históricos han llegado a ser ejercicios intelectuales sin repercusión real en la vida de la sociedad? El tiempo presente ha ido demostrando que los drásticos cambios en la vida de la sociedad han sucedido fuera de la esfera de un círculo de pensamiento teológico o filosófico.

El avasallamiento de un concepción económica de la vida como matriz de toda concepción social amuralló todo intento por siquiera sospechar otro camino. La férrea lógica de la subsistencia y del logro personal que se anida en la posesión fue desarrollando un panorama que hizo del futuro un fin luminoso para aquellos que triunfaran. Un futuro al que no todos podrán acceder, puesto que unos poco recogerán los frutos del esfuerzo de la gran mayoría. El sueño de que todos tendrán acceso a los bienes de esta tierra es una ilusión que alimentan los que lo han logrado o están a punto de hacerlo.

Religión y sociedad

¿Hasta dónde ha calado esta comprensión del mundo y de la vida? Algunos están dispuestos a hablar de la religión como de una fuerza en la sociedad que no ha perdido su vigor. Se podría decir, sin que se suponga que se intenta desacreditar el escenario de apreciables audiencias en servicios religiosas. La pregunta siempre presente es el contenido de esos actos y la comprensión de su contenido entre los participantes. Si se tratara de meras participaciones sociales o la motivación es puramente emocional se podría aseverar que muchos de estos encuentros tienen un contenido y un contexto que da a entender que no se trata de hondas preocupaciones espirituales sino de expresiones de carácter social.

El interés por un encuentro social se considera no solamente valioso sino necesario en el marco de la convivencia humana. De todas maneras, hay que distinguir entre la necesidad social de relacionarse a una búsqueda que explore los misterios de la vida. La vida moderna ha incentivado la concentración en los reclamos de las necesidades individuales que hacen fugaces el interés o la concentración en las relaciones sociales. Las familias no parecen hoy tener tiempo para encuentros que, en otro tiempo no tan lejano, eran normales.

El modo de vida que va imponiendo el sistema social que prevalece absorbe la mayor parte del tiempo de las personas. El tiempo del ocio llega a ser como un favor que no siempre se puede gozar. Así, la vida en la familia es un fugaz encuentro, cuando se produce. Imaginar que el ser humano moderno haga un espacio para reflexionar sobre su propio ser, no parece ser muy corriente y visible.

El abrumador tiempo presente

En este contexto el desarrollo tecnológico del mundo moderno ha provocado un cambio radical en las relaciones de los seres humanos. Mientras los medios de comunicación tradicional, como los periódicos y la radio, han ido experimentando cambios inevitables para poder subsistir. Nuevos medios han invadido la sociedad produciendo hondos cambios en la vida social y personal.

Se dice que Hegel opinaba que toda nueva tecnología es una nueva filosofía, No solo la información que producen los nuevos medios sino la estructura misma que los mueven lleva a una transformación del pensamiento y la conducta. La sociedad moderna parece aceptar que todo su aprendizaje del mundo y de sí mismo pasa por la acción de esos medios que captan la atención y cubren el tiempo que se puede disponer.

En este contexto, la concentración de poder de los medios, las emisiones satelitales televisivas, el nuevo mundo de las supercarreteras de la información, entre otras cosas, juegan, por su acelerada evolución, un papel muy preponderante en este nuevo mundo, proveyendo la información, induciendo valores e incidiendo vigorosamente en la configuración de las relaciones humanas. Multiplican las posibilidades de información, modifican la naturaleza del trabajo, proveen nuevos e inesperados contactos e interacciones en el ámbito global. El mundo parece gestarse a la medida de lo que esta mundialización de lo que la tecnología proporciona.

Para Martín-Barbero la pregunta por la técnica se hace cada día más crucial en la medida en que la diversidad de técnicas es rápidamente sustituida por una “mundialización de la tecnología”. Esta nueva situación tiene dos rasgos. “La ausencia de vínculos entre tecnologías y herencias culturales” y “su fuerte incidencia en la división internacional del trabajo”. Por eso recuerda a J. Habermas cuando afirma que “si la técnica se convierte en la forma global de producción, define entonces a toda una cultura, y proyecta una totalidad histórica, un mundo.”

Inteligencia comunicativa

Alejandro Piscitelli

Alejandro Piscitelli, quien ha explorado la dimensión cultural de las nuevas tecnologías, insiste en que se necesita de “una inteligencia comunicativa”. Plantea que, si la cultura es una cultura del simulacro, entonces “el locus donde la comunicación se produce son los medios electrónicos” y “las prácticas comunicativas son necesariamente teatrales “.

En ese entorno la imaginación tiene un papel significativo. Allí “la imaginación no ha recortado al poder, sino que el poder se ha vuelto imaginario. La desilusión es imposible cuando lo real se ha vuelto imaginario.” De esta manera “el desafío consiste no en inundarnos de certezas sino en hacer proliferar los interrogantes.” Porque “la palabra no es nunca sólo palabra. Es también siempre una imagen… Las imágenes no son sólo un medio de estudio sino la matriz del pensamiento, la acción y la comunicación.”  La realidad da señales de que el desarrollo tecnológico, que no puede disociarse de las grandes redes de poder, está cambiando totalmente a la sociedad con consecuencias irreversibles.

En muchos momentos se ha contrastado la visión de G.Orwell donde, en su novela 1984, asistimos al imperio de la violencia y la represión, porque la imaginación ha quedado bajo el control de la organización. En cambio en  la historia de A.Huxley, “Un mundo feliz”, el ser humano se ha convertido en un ser enteramente realista. Lo describe de la siguiente manera en esta extensa cita que resulta muy clarificadora: “El amor a la naturaleza no mantiene ocupadas a las fábricas. De modo que se decidió abolir el amor a la naturaleza… pero no la tendencia a usar los transportes. Porque, por supuesto, resultaba esencial que siguieran yendo a las zonas rurales, aunque ellos odiaran el campo. El problema consistía en encontrar una razón más convincente para utilizar los transportes, que no la del mero efecto por las flores y el paisaje. Esa razón fue cumplidamente hallada. Condicionamos a las masas a odiar el campo… pero simultáneamente las condicionamos a amar los deportes campestres. Al mismo tiempo, nos preocupamos de que todos estos deportes campestres exijan el uso de mecanismos complejos y elaborados. De modo que los aficionados compren artículos manufacturados tanto como transportes.”

Ya hace un largo tiempo que ambas obras han circulado en el mundo. En varios sentidos sus predicciones han cautivado el pensamiento de muchos. La realidad de los sucesos del mundo en el siglo XX mostrado que, muchas de las cosas que anunciaban Orwell y Huxley, no estaban lejos de ilustrar los hechos concretos manifestados en muchas partes. Guerras, invasiones armadas, dictaduras son algunas de más dolorosas realidades experimentadas.

George Steiner

Se podría preguntar en qué medida estos hechos se han encarnado en la vida de la sociedad de tal manera que han ido modelando su pensamiento y su acción. G. Steiner hablando de Alemania -aunque bien puede cuadrar para otras varias sociedades- que en su resurrección material ha caído en un “embotamiento espiritual tan profundo, una sensación tan insoslayable de trivialidad y disimulo”.

Es evidente el deterioro de los muchos principios que parecieran haber sustentado un cierto orden social, que aceptó una concepción del mundo y de la vida, sin formular preguntas que lo cuestionaran o buscaran otros caminos.

La dañosa concentración de la riqueza

Al mismo tiempo, es más que evidente que esta trasformación en el mundo con un fuerte acento en la concentración de la riqueza ha ido distinguiendo entre sectores que lograron hacer florecer sus bienes económicos frente a otros que vieron estacada y retrocedida su propia subsistencia. La experiencia ha sido mostrando que unos lo lograron a costa de los otros y la tentación de la posesión ha obnubilado cualquier posibilidad de un mundo con mayor equidad.

En las últimas décadas esta concentración de riqueza ha desbordado los límites de los países o de las regiones para pasar a hacer un negocio de los unos pocos, muchas veces permaneciendo invisibles, que crean o destruyen reinos en un abrir y cerrar de ojos. La pobreza y la indigencia llega a cifras que espantan por lo que sucede en varios países. La paciencia de los pueblos, que sufrido con demasiado estoicismo la degradación tiene sus límites que en cualquier hora puede estallar.

En este complejo y perturbado clima social se pueden reconocer voces que cuestionan, reclaman y quiere compartir otras visiones acerca de la vida y de su lugar en el mundo. Algunos lo hacen muy críticamente sobre la sociedad y sus varias organizaciones, algunas de las cuales han mantenido una marcada influencia en buena parte de ella.

Quizás se pueda señalar que las mayores y más ácidas críticas se centran en el tema religioso. Ha sido la religión que ha marcado en diferentes épocas cómo debían conducirse las personas y la sociedad. El fuerte poder que algunas instituciones religiosas han tenido en la vida de los pueblos han establecido las raíces de comprensión de la vida. La influencia decisiva pareciera que solo se ha podido contraponer con un fuerte rechazo o un marcado desdén.

 Los próximos capítulos estarán dedicados a dialogar con algunos autores que han hecho su aporte a partir de su peculiar experiencia. Será valioso considerar sus preguntas y críticas con una mirada que intente comprender antes que juzgar procurando enriquecer la propia visión sobre este misterio que es la vida. +(PE)

*Carlos Valle nos brinda su nuevo libro “Voces de la vida” del cual publicamos el capítulo primero. Las ediciones serán semanales.

SN 269/20

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