VOCES DE LA VIDA. Capítulo II. Crítica y rechazo.

Por Carlos Valle

Buenos Aires

Tenemos que rechazar todo lo que nos limite. Richard Bach

Creo cada vez más que no hay que juzgar a Dios por este mundo, es un estudio suyo que le salió mal. Vicent van Gogh

Oponerse es una acción que expresa el deseo de desechar del pensamiento y de la vida aquello que resulta intolerable y que produce daño. No siempre resulta sencillo, Es necesaria una carga de decisión y energía. Muchas veces se trata de cosas que han estado muy unidas a la vida de la persona y de su entorno cultural y social. El peso de las tradiciones, aun cuando no parecieran tener una particular trascendencia, juegan un papel significativo en la conducta y el juicio. Eso de que hay cosas que no se discuten, o siempre ha sido así, están más presentes en la vida diaria de lo que pareciera.

A veces alguno cuestiona el origen de las tradiciones que siguen gobernando las acciones personales y sociales. Nadie parece cuestionar su validez pero allí aparecen en el momento en que una decisión familiar, social y aun política se va a tomar. El peso de muchas tradiciones. Algunas de las cuales son ancestrales, y de las cuales no siempre es posible conocer su origen. Ha evolucionado con el tiempo por razones no siempre discernible.

De todas maneras, la raíz de muchas tradiciones que forman parte de la sociedad, están siempre presente y ejerciendo su influencia en la sociedad. Afirmaba J.R.R.Tolkien, el autor del “Señor de los anillos”: “No desprecies las tradiciones que nos llegan de antaño; ocurre a menudo que las viejas guardan en la memoria cosas que los sabios de otro tiempo necesitaban saber.” ¿Lo necesitan en estos tiempos? Es difícil saberlo, será cuestión de indagar en aquellas tradiciones que, de una manera u otra, tienen relevancia en el presente.

Hay muchas tradiciones que están presentes, son reconocidas y valoradas en la comunidad. Se podría hablar de las comunidades indígenas de distintas partes del mundo, muchas de las cuales tienen que luchar para poder mantenerse vivas. Las sociedades modernas tienden creer que muchas antiguas tradiciones son un impedimento para el desarrollo. Tampoco debe anular lo que decía René Descartes que: “Conviene tener en cuenta que muchas creencias se apoyan en el prejuicio y en la tradición.” Cuando un grupo indígena reclama por la tierra que habitaron sus ancestros, no solo lo hacen por el valor histórico sino porque, están convencidos que le pertenece el suelo que los cobija o los tiene que cobijar.  A la vez, el encuentro de la comunidad con la madre tierra ha forjado una estrecha relación que requiere un cierto cuidado y preservación. Es evidente que eso está muy presente en su vida y sus relaciones sociales. 

No parece que podría decirse lo mismo de muchas sociedades modernas. Muchas de ellas se forjaron alrededor de un plan de inmigración que buscaba integrar a los que se iban incorporando a una nueva forma de vida y comunidad. Los que llegaban no solo traían su interés por trabajar y hacer uso de sus conocimientos sino venían acompañados de su propia tradición y cultura. También debe considerarse el hecho que muchos de ellos no tenían a su tradición como un bien que exhibían en su proceder, salvo en el contacto con los propios que muchas veces se expresaba en los gustos por la cocina. El recuerdo de la comida gozada en el pueblo de origen solía emergen en el recuerdo del perfume de lo que  valoraban a la distancia.  

 Por cierto, debían enfrentar un proceso de adaptación a las costumbres locales, desde el trato diario con el entorno físico hasta las menores relaciones como el funcionamiento del mercado o el correo.  Muchos de ellos desconocían la lengua de país al que se integraban, esa desconocida lengua era también la realidad de una cultura diferente. Esa mezcla de culturas, de tradiciones y de la misma capacitación que ostentaban producía variadas reacciones. Por un lado, puede considerarse la inevitable desconfianza de los locales que llegaban a entender a la inmigración como un peligro, una invasión de la intimidad. Estas menciones sobre la inmigración pueden resultar parte de un proceso normal de transferencia y recepción.

Cuando las UN hablan de la inmigración hoy en el mundo, las cifras pintan un panorama muy complejo y preocupante. Unos pocos a modo de ilustración. En el año 2017 las personas que se han movido a un país distinto al de su nacimiento habían llegado a 258 millones contra los 244 millones registrados en 2015. Las mujeres ya era el 50% de los emigrados, cifra que ha ido en aumento. Es alarmante que hay más 36 millones de niños migrantes. Así, es Asia que recibe al 31% y Europa30%.

Las razones de la emigración giran alrededor de causa ecológicas, como catástrofes naturales; causas económicas, mencionadas como las principales en la búsqueda de mejoras de vida. Pero, al mismo tiempo, están bien presentes causas de origen político o de conflictos bélicos, evitando la persecución o la venganza. En estos últimos años se hizo evidente el rechazo, especialmente de varios países europeos, a recibir inmigración. La desesperación de cientos de personas viajando frágiles embarcaciones, muchas de las cuales han sido sometidas a un oscuro negocio, para el que debieron entregar sus escasos bienes. La muerte que sucedió a estos intentos es altamente criminal, por el que han pagado familias enteras y muchos inocentes niños. 

No se puede dejar de señalar que esta inmigración tan dolorosa y cruel proviene de varios países europeos que dominaron, esquilaron sus riqueza y dejaron en la pobreza a grandes mayorías. Que hoy haya quienes directamente o indirectamente están planteando a sus antiguos colonizadores que llegó la hora de compensar lo sucedido, aunque sea en parte, por la riqueza que se llevaron y los dejaron sometidos a la pobreza.

El miedo a la inmigración

Otro de los temores que se manifiestan en esta ola de perturbadora migración es el tema religioso. Muchos de los que quieren ingresar profesan una creencia que difiere de las tradicionales de aquellos países. No es un tema menor y su incidencia en la vida personal y comunitaria es más que significativa En ciertas culturas la religión está tan imbricada en la sociedad que hasta resulta extraño asumirla como una realidad que ha sido insuflada en la comunidad, sino que se la asume como constitutiva desde su gestación. Cuando se llega a considerar que son, al menos, cientos de religiones presentes en el mundo identificables por sus variados símbolos de fe y práctica, por los requerimientos requeridos para sus seguidores, por no hablar de su propia concepción de la divinidad, sea un dios o varios.

La forma en que la religión ha encontrado su lugar en la sociedad es muy diversa. No es el interés de este escrito detenerse en los diversos modos de su presencia, porque desde los primeros albores de la humanidad una manifestación, llámese religiosa, describe el asombro, el miedo y la búsqueda de ese mundo al que estaban despertando. El desarrollo de formas de incipiente religión a formas más sofisticadas y complejas refleja los cambios que experimentó la humanidad y que tuvo resultados enmarañados y, no solo diversos, sino también opuestos y en serio conflicto. El desarrollo de las religiones, como se ha indicado, al pasar a ser constitutivas de la sociedad por su propia dinámica imprimió una particular forma de entender la vida y proveyó elementos para su organización y conducción.

 La intención de ser un ente de cohesión y servicio al desarrollo de la comunidad, en varios casos se constituyó en una fuerza demandante que introdujo una visión de lo propio y lo ajeno dando lugar a los distanciamientos entre los pueblos. Las enemistades creadas dieron lugar al rechazo del otro y, al mismo tiempo, procurar su destrucción. Se calcula que cerca de un 60% de la población profesora algún tipo de religión. Al mismo tiempo se reconoce que las manifestaciones religiosas son muy diversas y, la presencia de diversas visiones se entremezcló con auto comprensiones del lugar que le correspondía a un sector de la sociedad, que entendió que su creencia le otorgaba una superioridad en medio de la comunidad toda.

 Las luchas indígenas porque sea reconocido su propio valor y el derecho a ejercer la conducción de su propio país, Los viles ataques y denostaciones a los pueblos originarios a quienes, con  argumentación religiosa se les negaba la condición de seres humanos. La esclavitud  de millones de personas se desarrolló bajo el paraguas de una concepción teológica que era su garantía de que así cumplían con la voluntad de Dios. Los pueblos fueron cercenados en el uso de su lengua nativa y han sido invalorables los esfuerzos por mantenerlas, Problema que se repitió en todos aquellos lugares donde sufrieron el colonialismo.

Vale la pena recordar una historieta que menciona Ulrich Beck que describe el otro lado de la escena en un episodio que se explica por sí mismo: “Hay una caricatura de los conquistadores españoles haciendo su entrada, con armas relucientes, en el nuevo mundo: ”Hemos venido a vosotros”, leemos en el bocadillo, “para hablar de Dios, de la civilización y de la verdad”. Y un grupo de nativos con aire perplejo contesta: “Muy bien, y ¿qué quieren saber?” El humor saca a la luz los preconceptos y el manifiesto racista de los conquistadores. En su valiosa obra sobre la conquista política y religiosa de las Américas, “A Violent Evangelism”, Luis N. Rivera, señala que: “Por cierto los conquistadores españoles de las América fueron guiados por su interés en Dios, el oro y la gloria. Pero fue el  lenguaje relacionado con Dios –teología– que sirvió para racionalizar la avaricia y la ambición y no al revés. Fue la religión que intentó sacralizar la dominación política y la explotación económica”.

Los tiempos han corrido y, algunos de los protagonistas han cambiado, pero el sedimento de muchos de los pesares e injusticias tiene en la religión un actor responsable. Al menos aparece como un mascarón que ha intentado disimular sus verdaderas intenciones.

Reiteradamente muchos escritores han lanzado sus críticas a la religión y, especialmente, a atacar las instituciones cristianas. En estos últimos años una serie de libros volvieron a tratar el tema del ateísmo y la búsqueda de una nueva espiritualidad, como por ejemplo, la obra de André Comte-Sponville, “El alma del Ateísmo”, que busca ser una “una introducción a una espiritualidad sin Dios”.  

FERNANDO VALLEJO

Sería largo enumerar a quienes desde posiciones muy sólidas han rechazado a la religión. Se hará referencia, a modo de ejemplo, a uno de ellos, Fernando Vallejo.  Se trata de un autor colombiano contemporáneo con una larga producción de obras que abarcan novelas, ensayos, una serie libros autobiográficos donde narra su juventud, su adicción a las drogas y el tema de su homosexualidad. Ganó con su obra “El Desbarrancadero”, el Premio Rómulo Gallegos, 2003. Se destaca, además, su libro “La Virgen de los Sicarios” (1994), una descarnada descripción sobre el narcotráfico y la miserable vida de quienes intentan vivir de ese flagelo en la ciudad de Medellín, que fue llevada al cine, con disparar repercusión. El mismo escribió y dirigió dos obras cinematográficas sobre la violencia en Colombia.

Su estilo es áspero y descarnado y se ve bien en su obra “La puta de Babilonia” (2007)

 La sinceridad puede ser demoledora

Con su estilo descarado e impertinente Vallejo, hace un vertiginoso recorrido por la historia de la Iglesia Católica Romana, sin olvidar a los ortodoxos, los protestantes, los judíos y los musulmanes. Ya se conocía esta manera descarnada de escribir, pero nunca antes, sin perder su peculiar estilo, había dedicado una obra a la investigación histórica y teológica.

Como si hubiese tomado aliento descarga de una sola y fuerte bocanada sus más de 300 páginas pletóricas de denuncias, insultos y reclamos, mechados con un particular y ácido sentido del humor, todo lo cual ha de horrorizar a más de uno. El libro carece capítulos y secciones. Va y viene por la historia, vuelve una y otra vez con sus obsesiones repitiendo argumentos e improperios. Su furia y su desengaño no se esconden detrás de una retórica complaciente.  Desde el título define y hace explícito su propósito, porque “la puta de Babilonia” es como llamaban los albigenses a la Iglesia de Roma atribuyéndole la mención que se hace en el libro del Apocalipsis (17:1-5) y que Vallejo retoma.

¿Por qué escuchar a alguien que cuestiona las bases sobre las que se sustentan los sentimientos religiosos de muchos? ¿Por qué prestar atención a una obra que insiste en pujar la invectiva para irritar hasta al más calmo?   Seguramente se podrían mencionar a muchos que a lo largo de la historia cuestionaron los fundamentos religiosos, fueron tildados de herejes y sufrieron persecución y muerte.

Vallejo menciona a varios de ellos, con quienes comparte muchos de sus argumentos. Insiste una y otra vez que Dios no existe y que si existiese sería malo; que “Cristo es un engendro fraguado por Roma…a partir del año 100” (Pág.101) tomando rasgos de figuras mitológicas, y que hasta San Pablo “es un invento burdo” (Pág.76). Los escándalos, la corrupción, la sumisión al poder y a las riquezas, la justificación de la esclavitud, la vida licenciosa, y varias otras vergonzosas páginas registradas en la historia de la Iglesia le dan más de un argumento para una crítica despiadada y carente de toda confianza en quienes la conducen y hasta en lo que sustentan.

Vallejo no hace críticas vacías. Ha estudiado la historia y la doctrina. Ha sabido subrayar las contradicciones, poner de manifiesto las incongruencias y los mitos tejidos alrededor de los fundamentos de la fe religiosa. Así dedica varias páginas a considerar la validez de los textos bíblicos ya sea por su antigüedad como por la lengua en que ahora se los conoce. Le inquieta que, por ejemplo, San Pablo prácticamente no haga referencia a hechos o dichos de Jesús, siendo él su contemporáneo (Pág.71). Le resulta sospechoso que las copias más antiguas del Nuevo Testamento en su totalidad (códice Sinaiticus y Alexandrinus) sean del siglo IV y V, tan cercano al Tercer Concilio de Cartago que fija el canon ratificado en el Concilio de Trento, desechando una enorme cantidad de los ahora considerados textos apócrifos (Pág. 116). ¿Por qué, se pregunta, se debe confiar en textos que solo se conocen varios siglos después de escritos, en un idioma que no era el de los discípulos de Jesús, y a quienes se les atribuye la autoría?

Sus cuestionamientos sobre la autenticidad de los textos bíblicos esgrimen argumentos que no deberían ser obviados. No olvida los largos años de crítica bíblica, de investigación arqueológica, y de los numerosos investigadores que fueron a la búsqueda del Jesús histórico. Tampoco olvida la reticencia de la Iglesia a tomar en serio la investigación de la ciencia bíblica y más bien a calificarla de “veneno mortífero” como llamó una Encíclica a los resultados de tales búsquedas. A pesar de que esas posiciones extremas se han ido atenuando, no es menos cierto que la afirmación dogmática prima por sobre todo, puesto que se interpreta que la fe adquiere su propia validez aparte de los resultados que provea la crítica bíblica.

¿Hasta dónde es dable aceptar que los presupuestos doctrinales y la carga de la tradición teológica asuman tal preponderancia? ¿Hasta dónde puede tensarse, por ejemplo, la cuerda de los mitos –lo que Borges llama ese eterno hábito de las almas- para reclamar autoridad final y verdad indiscutida? ¿Cuál es el papel que juega el poder y sostén de la institución eclesiástica para no atreverse siquiera a considerar la crítica a sus fundamentos? ¿Cómo se desarrolla una genuina fe que sepa mirar sin anteojeras al espectro amplio de la realidad? ¿Cómo reconocer en el camino de las convicciones aquello que es fantasía, poesía, cultura, que debe ser reconsiderado a la luz de las evidencias de la realidad presente?

Vallejo separa el mundo de los creyentes y del de los no creyentes, que cada uno se ocupe del suyo. Respeta los derechos de los demás, pero quiere tener y preservar su libertad de no creer. Esta actitud es muy propia de estos tiempos de “religiosidad correcta” que evita toda confrontación o crítica. Nada más lejos de la provocación de Vallejo. Dejando de lado cualquier interés narcisista que lo haya motivado ¿es posible esperar una sería reacción ante tal clamor? La tentación a separar los mundos y dejar los cuestionamientos como no vinculantes, bien puede ser la respuesta hoy. Las Iglesias parecen no percatarse, los teólogos están ocupados en otras cosas. Es cierto que siglos atrás libro y autor habrían recibido un trato cruel, hoy probablemente, el silencio y el desdén.

Una nota más. Seguramente habrá muchos que renegando de la religión encontrarán que les resulta muy difícil sumarse al pensamiento de Vallejos. Se trataría de un rechazo a la religión pero tomado con cierta pasividad. Es decir no tomarían ninguna acción a partir de la cual expresar negación de la realidad.

Hay, al menos, dos interpretaciones que podrían hacerse. Una, que en las ideas de Vallejo encuentran la expresión de su pensamiento que no logran articular o que no se atreven a hacerlo. Otra interpretación debería hacer referencia a la actitud generalizada en la sociedad moderna donde las preocupaciones por las cosas trascendentes no forman parte del interés corriente. Otras visiones que se señalan en los próximos capítulos apuntan a comprensiones más complejas. + (PE)

*Carlos Valle nos brinda su nuevo libro “Voces de la vida” del cual publicamos el capítulo segundo. Las ediciones serán semanales.

SN 276/20

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