VOCES DE LA VIDA. Capítulo V. Conocer, juzgar, indagar, cuestionar, dudar

Dios ha sido durante mucho tiempo la mejor explicación disponible, pero ahora las tenemos mucho mejores. Dios no explica nada en absoluto, al contrario, se ha convertido en algo que necesita una cantidad insalvable de explicaciones.

Douglas Adams

El hombre es aceptado en la iglesia por sus creencias y rechazado por sus conocimientos. Mark Twain

Por Carlos Valle

Buenos Aires

Las relaciones con Dios han ido teniendo muy variadas manifestaciones. Están los que adhieren con una seguridad que no parece tener fisuras. Están los que dudan y critican las manifestaciones que le atribuyen sus seguidores. Están quienes viven en constante conflicto con la idea de la existencia de Dios como se vio en el caso de Saramago. Pero hay otros que han hecho de su negación a la existencia de Dios una causa que les acompañan en su obra y acción. Se podrían poner muchos ejemplos, pero este capítulo se concentrará en un reconocido escritor y pensador que falleció hace poco tiempo 1949/2011. Se trata de Christopher Hitchens.  

Conocido como un irascible izquierdista sus adhesiones ideológicas fueron cambiando con el tiempo y los acontecimientos históricos.  Hitchens era un periodista y escritor inglés (1949) que vivió muchos años en los Estados Unidos de Norteamérica, cuya ciudadanía adoptó.

Ha escrito una veintena de libros y un sinnúmero de artículos. En 2001 publicó “Juicio a Henry Kissinger” donde se centraba en aquellas acciones del político que podrían constituir una acusación penal referidos a crímenes de guerra y crímenes humanitarios, como secuestros, asesinatos y tortura. Pasaba revista a sus delictivas acciones en Indochina, Bangladesh, Chile sacando a la luz los tejes y manejes de una sucia política ejercida en esos lugares.

Posteriormente, sus encendidas críticas fueron mermando y –como lo calificó el diario El País- “el furibundo trotskista fue convirtiéndose en un furibundo neoconservador”. A partir de los sucesos del 11 de Septiembre de 2001, justificó la invasión a Irak. No creyó que fuese totalmente cierto que ese país careciera de armas de destrucción masiva y, por sobre todo, argumentaba que el pueblo necesitaba librarse de un tirano como Sadam Hussein puesto que “merecía un respiro para pensar en la reconstrucción”.

La religión es y ha sido, al mismo tiempo, un tema al que Hitchens ha dedicado buena parte de su trabajo y de sus encendidas polémicas, llegando a ser igualmente implacable cuando descubre una mentira o una injusticia, y no importa de quien se trate.

CONFRONTACIÓN CON MADRE TERESA

En 1995 publica un provocativo libro sobre la Madre Teresa que suscitó mucha controversia, pero contadas refutaciones respecto a los hechos que denuncia. Con un título que algunos consideraron escandaloso y petulante, “La posición misionera” (The Missionary Position) buscaba puntualizar la actitud de los misioneros en sus afanes evangelísticos y, al mismo tiempo, en sus enseñanzas sobre las conductas sexuales.

No considera a la Madre Teresa “amiga de los pobres”, puesto que en lugar de establecer un hospital escuela con el dinero que recibía para ellos se dedicó a esparcir cerca de 150 conventos en el mundo. Señala, además, que ella tenía relaciones con individuos ricos y poderosos que aportaban mucho dinero a su obra, como el dictador de Haití Jean-Claude Duvalier y Charles H. Keating, conocido abogado y banquero, que fue condenado por un escandaloso fraude multimillonario.

Su investigación sobre la Madre Teresa refleja la postura filosófica y ética que le lleva a formular su rechazo a toda religión y que considera ampliamente en su último libro “Dios no es bueno”. Aquí recuerda que, a la muerte de la Madre Teresa, fue citado por el Vaticano (págs. 165-168) para ver si podía arrojar alguna luz sobre su vida, puesto que estaban buscando acreditar el “milagro” que permitiera seguir con su beatificación. La manipulación de la información y la presión a transformar en milagrosos hechos comunes y corrientes forman, en este caso y varios de los que cita, buena parte de la decepción y rechazo a toda expresión de trascendencia y quiebre del orden natural.

Uno de sus últimos libros condensa buena parte de su pensamiento: “Dios no es bueno”, título que es una versión más suavizada del original en inglés: “Dios no es maravilloso. Como la religión envenena todo” (God is not Great: How Religion Poisons Everything), que describe más acertadamente no solo el contenido sino el estilo agudo y descarnadamente provocador de su autor.

Hitchens plantea cuatro objeciones irreductibles a la fe religiosa: representa de forma incorrecta los orígenes del ser humano y del cosmos; aúna el máximo servilismo con el máximo solipsismo; es causa y consecuencia de represión sexual y está basada en ilusiones.

Él considera que su mayor y más demoledora crítica a la religión es que se trata de una creación del ser humano. Se define como ateo y remarca: “mi ateísmo en particular es un ateísmo protestante”. Por cierto, muchas de sus argumentaciones son discutibles y resultan chocantes a quien profesa una fe religiosa, pero no por eso deben dejar de ser escuchadas y discutidas.

Su tesis básica, que toma de varios autores, es que “la vida, la inteligencia y el razonamiento comienzan precisamente en el lugar donde termina la fe”. No es que confíe plenamente en la ciencia y en la razón, pero desconfía de aquello que contradiga a la ciencia o atente contra la razón. Rechaza el planteo del “diseño inteligente”, porque éste y cualquier otro argumento sobre la existencia de Dios lo prueba. 

Su libro se convierte, por momentos, en una enciclopedia de temas que se vinculan con la religión ya sean históricos, teológicos, o hechos de su propia y amplia experiencia de viajero y corresponsal. En los primeros casos muestra un buen conocimiento y uso de las variadas fuentes sobre las que basa su argumentación. Eso no disminuye la validez de sus conclusiones, pero le quita originalidad. Es en el desarrollo de sus propias experiencias en las que apreciamos mejor una retórica ácida pero más creíble. Lamentablemente las experiencias recogidas de acciones y posturas de las iglesias y de quienes dicen servirlas, alimentan su rechazo visceral a toda forma de religión.

Hay que reconocer que Hitchens con su estilo mordaz, no exento de inteligencia y buen decir, atrapa con sus argumentaciones. Generalmente las críticas bien fundamentadas provocan simpatías y mueven a aceptar los rechazos propuestos. Pero en varias oportunidades fuerza sus conclusiones. Así, por ejemplo, hace una lectura apresurada de ciertos personajes por justificar sus argumentaciones.

Mientras hace una crítica seria sobre la actitud de las iglesias cristianas durante el nazismo en Alemania, solo puede rescatar a Dietrich Bonhoeffer y Martin Niemoller porque “actuaron únicamente con los dictados de su conciencia”. Hitchens deja de lado que ambos eran parte de la “Iglesia Confesante” que se forma en 1934 en oposición a la creciente dominación del nazismo. La crítica a las instituciones y a muchos de sus líderes no necesariamente deja a los demás a merced de “su conciencia”.  La realidad es muy compleja, no puede hacerse una lectura principista de un suceso histórico.

Lo mismo podría decirse de su fuerte crítica a Gandhi por la actitud que asumió en la búsqueda de que Gran Bretaña abandonara la India. El liderazgo de Gandhi tiene puntos oscuros y recriminables, que los achaca a una postura religiosa que encuentra divisionista puesto que mientras “lo que más necesitaba la India era un líder nacionalista laico moderno, tenía a un faquir y un gurú.” Pero Hitchens no busca comprender la posición de Gandhi frente a la larga y dictatorial presencia del Imperio británico en la dominación y división de ese país que, lamentablemente, ni menciona.

MARTIN LUTHER KING

Quizás con quien parece tener más simpatía es con Martin Luther King  (págs. 195-198). La lectura de sus sermones le produce una emoción profunda por su constante mensaje contra el racismo y su acento en la no violencia. Luther King recurría para ello al Antiguo Testamento y a la liberación del pueblo de la esclavitud de Egipto. Hitchens tiene que reconocer esa influencia, pero se esfuerza, innecesariamente, en demostrar que lo hacía despojándose de todos los mitos que modelan la historia bíblica.

Aun reconociendo las debilidades de ciertas argumentaciones, sería muy difícil negar muchas de las actitudes religiosas que han marcado el derrotero de iglesias que imprimieron carácter y buscaron la sumisión de mucha gente. Por eso tiene razón en rechazar con vehemencia la manifestación de la religión que con su carga de condena eterna atormenta a los fieles con indecibles sufrimientos, atemorizándolos con demonios que los asechan, y buscando controlar su pensamiento y su vida sexual.  Han sido muchas de estas cosas las que han hecho huir de la religión a quienes quieren conocer, juzgar, indagar, cuestionar, dudar, por los caminos de la libertad.

Hitchens cree que “a la religión se le han agotado las justificaciones” y “hoy solo puede obstaculizar y retrasar los progresos constatables que hemos realizado.” Por lo tanto, concluye, “desterremos del discurso a todas las religiones”, y lo que se necesita es una Ilustración renovada que “se fundamente en la proposición de que el objeto de estudio adecuado de la humanidad es el hombre y la mujer.” Una vaga y difusa proposición.

Sería muy difícil acometer esa tarea dejando de lado lo que el ser humano ha sido y es como forjador de estructuras religiosas o políticas, cuyos gérmenes de dominación y sometimiento han plagado la historia humana. No hay duda que las religiones han demostrado una capacidad llamativa para desarrollar estructuras agobiantes, especialmente abusando de las necesidades humanas de tener una comprensión del misterio de la vida.

Esas dolorosas manchas no han podido ser dejadas de lado y la religión tendrá -¿sucederá algún día?- que aceptar sus acciones oscurantistas y tergiversadoras de la vida humana. A pesar de todo, persiste la innegable realidad del misterio de la vida que seguirá presente y provocativa en el corazón de la humanidad, y aquí Hitchens parece no darse por enterado y lamentablemente ya no podrá hacerlo, aunque comparte agudas reflexiones al fin de su vida.

Mortalidad ¿Por qué yo? ¿Por qué no?

Se publica en Londres el último libro de Christopher Hitchens llamado “Mortality” que registra sus reflexiones y comentarios después de enterarse que un cáncer, al que llamó un “alienígena ciego y carente de emoción”, acabaría con su vida.

En este libro, como dice uno de sus amigos, Graydon Carter, “Hitchens confronta su propia muerte, permaneciendo combativo, elocuente y digno hasta el último momento”. Por eso, lo primero que hace es refutar la opinión de aquellos que creen que el cáncer está ejerciendo “una consagrada misión del cielo”.  Alguien le ha escrito para que reconozca que su enfermedad es el resultado de haber usado su cuerpo para blasfemar, todo lo cual lo llevará al fuego del infierno donde será torturado para siempre.

Polemista empedernido, comentarista mordaz, escritor lúcido, innegablemente contradictorio, Christopher Hitchens, frente a su enfermedad terminal objeta esta dura afirmación dogmática que ha persistido por siglos. ¿Quién puede estar seguro que conoce la mente de dios? ¿Creen quienes así pontifican que ese dios dañará también a sus hijos? Por otra parte, ¿olvidan que el cáncer se hace presente en santos y pecadores, creyentes y no creyentes?

Tiene razón en rechazar con vehemencia la manifestación de la religión que, con su carga de condena eterna, atormenta a los fieles con indecibles sufrimientos, atemorizándolos con demonios que los asechan, y buscando controlar su pensamiento y su vida sexual. Sería muy difícil negar muchas de las actitudes religiosas que han marcado el derrotero de iglesias que imprimieron carácter y buscaron la sumisión de mucha gente.

Han sido muchas de estas cosas las que han hecho huir de la religión a quienes, como se ha afirmado, quieren conocer, juzgar, indagar, cuestionar, dudar,  por los caminos de la libertad.

De muy diversos sectores fue recibiendo mensajes de aliento, y hasta se designó un día especial para orar por él, lo que le hace preguntar: Orar ¿Para qué? Sabe que sus amigos estaban preocupados por su salvación. Su círculo de relaciones es muy amplio e incluye las más diversas tradiciones religiosas y no puede decidirse por una. 

Por eso simpatiza con Voltaire, quien en su lecho de muerte, urgido a rechazar al diablo, dijo que ya no tenía tiempo para hacerse de enemigos.

Recuerda como Ambrose Bierce definió a la oración: “Una petición para que las leyes de la naturaleza sean suspendidas en favor del peticionante; que se confiesa a sí mismo indigno.”  Hay un dejo de humor en esta frase porque supone que dios ha arreglado mal las cosas y que se puede instruir a Dios como corregirlas. Para Hitchens “El tono de las oraciones replican la tontería del mandato, en el que se recibe con gozo y agradecimiento lo que Dios de todas maneras va a hacer.”

No hay duda que las religiones han demostrado una capacidad llamativa para desarrollar estructuras agobiantes, especialmente abusando de las necesidades humanas alrededor del misterio de la vida. Esas dolorosas manchas no han podido ser dejadas de lado y la religión tendrá -¿sucederá algún día?- que aceptar sus acciones oscurantistas y tergiversadoras de la vida humana.

No está dispuesto a ser alimentado por mitos contradictorios en sí mismos. “A la tonta pregunta “¿Por qué yo? el cosmos apenas se molestaría en replicar: ¿Por qué no?”, confesión que había compartido con mucha entereza entre nosotros el recordado escritor argentino Fontanarrosa. La conciencia de un fin inescapable necesita ser reconocido.  Eso no le impide procurar todos los caminos que ofrece hoy la medicina, no importa su sofisticación.

Sabe que no está luchando contra el cáncer, el cáncer está luchando contra él. El cáncer que permanece y crece en él, no llega a ser un organismo vivo, lo mejor que puede hacer es morir con quien lo hospeda. “No importa que clase de carrera pueda ser la vida, pero abruptamente he llegado a ser un finalista.” Así, se pregunta qué cosas no llegará a ver, el casamiento de sus hijos o “ni leer o siquiera escribir los obituarios de los ancianos villanos como Henry Kissinger y Joseph Ratzinger.”

Va registrando, paso a paso, el acelerado avance de su enfermedad que le va poniendo límites insalvables. “Siento que mi personalidad e identidad se disuelven cuando contemplo las manos muertas y la pérdida de las correas de transmisión que me conectan a la escritura y la lectura.”  Reflexiona sobre la importancia del habla, del diálogo, de la escritura que se nutre de lo oral, y lo hace en medio de las limitaciones que experimenta. Irónicamente dice que lo que quiere es recuperar “la libertad de la palabra”.

Pero no será posible, sus fuerzas se debilitan aceleradamente y fallece, a los 61 años, el 15 de diciembre de 2011. Su pensamiento sigue presente como el desafío de un agudo pensador, crítico contradictorio pero estimulante para aquellos que están dispuestos a aceptar la provocación de su pensamiento. Por cierto, muchas de sus argumentaciones son discutibles –y ¿cuál no?- y resultan chocantes a quien profesa una fe religiosa, pero no por eso deben dejar de ser escuchadas y discutidas.+ (PE)

Publicamos el Quinto Capítulo de “Voces de la Vida”, el nuevo libro de Carlos Valle.

Los capítulos uno, dos, tres y cuatro se editaron el 26 de junio, despacho SN 269/20, 3 de julio, despacho SN 276/20, 10 de julio despacho SN 283/20 y 17 de julio, despacho SN 290/20. Se edita semanalmente los días viernes

SN 299/20

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