NUEVAS FORMAS DE ORGANIZACIÓN ECLESIAL POS COVID-19

Por Eliana Valzura (*)

Buenos Aires  

De la Iglesia-Institución a la Iglesia-Comunidad

Desde tiempos muy antiguos —no desde siempre—  la mayoría de las espiritualidades —no todas— buscaron ampararse al abrigo de templos. Es que la necesidad de un lugar físico donde depositar la fe, la esperanza, las peticiones e incluso los sinsabores de la vida va de la mano de la urgencia por tener algo visible a qué aferrarse.

En este sentido, el templo como vehículo de lo sagrado, actúa como una de las formas, acaso la más poderosa, de religar al creyente con la divinidad. Para muchxs, no es lo mismo realizar sus peticiones o canalizar sus angustias en su hogar que en un lugar especialmente dedicado a ello.

Sin embargo, esta sacralidad del templo, para bien o para mal, actúa de tal forma metonímicamente como Dios o como Iglesia que muchos han olvidado cuál es su función —la del templo— y qué relación tiene éste con la iglesia. Y ya que estamos interrogándonos — ¿qué otra cosa es la teología si no?—, me gustaría que nos detuviéramos a pensar también qué es la iglesia y cuál es su razón de ser.

Vivimos en una época paradójica: por un lado asistimos a un proceso de secularización acelerado, con una salida masiva de los templos y una puesta en evidencia de su desacertada actuación como centros de poder y manipulación de personas, y por otro lado somos espectadorxs de una proliferación de espiritualidades diversas, policromáticas, “otras”.

La línea divisoria entre lo sagrado y lo profano ya no está tan demarcada como antes, y quienes insisten en que lo sagrado está dentro de los templos y lo profano fuera corren un serio riesgo de perderse la mejor propuesta de profanación1 que es Jesucristo mismo, quien siempre estuvo enseñando por fuera del templo y llamando a las gentes a sí mismo y no a ninguna institución especialmente dedicada.2

Hace meses ya que la pandemia mundial nos puso ante una realidad inesperada: de golpe y sin preaviso, cada quien tuvo que vérselas como pudo y con las herramientas con las que contaba para canalizar su espiritualidad sin las cuatro paredes que pueden ser contención y abrigo y pueden ser murallas de exclusión, que pueden ser promesa de techo en las incertidumbres de la vida o pueden ser verdaderas cárceles para quienes dicen querer vivir en la libertad con que Cristo nos hizo libres.

Y esta realidad puso al descubierto algunas cuestiones que son inquietantes para muchxs: una, que algunos templos solo son sedes de instituciones, desde la constantinización del cristianismo hasta acá. La otra verdad puesta al descubierto por esta pandemia es que gran cantidad de personas están pudiendo sobrevivir muy bien sin estas instituciones cuyo epicentro, el templo, está cerrado a causa de la cuarentena. Y este descubrimiento es, sin duda, para temer.

Los grandes líderes, sobre todo de las megaiglesias han comenzado a temblar: ¿Qué pasará con su membresía (a propósito, qué palabra tan gráfica para entender qué clase de iglesias son aquellas que solo tienen “miembros”)? No quiero pensar que haya quien teme por los ingresos que sostengan semejantes estructuras, pero sí puedo pensar que habrá quien tema perder esa cuota de poder que implica que muchas personas escuchen, hagan y digan lo que desde los púlpitos se imparte.

Una iglesia puede ser excluyente —esa que construye paredes que delimitan el “adentro” y el “afuera”, puede ser incluyente —esa que a pesar de las paredes siempre está llamando a un “adentro”que se considera mejor que el “afuera”, y hay iglesias-comunidad: esas que entendieron que hay que derribar las paredes que delimitan y encierran y demarcan lo “sagrado” de lo “profano”, lo “elegido” de lo “desechado”, lo “salvado” de lo “perdido”, en fin, “el mundo ”de “el reino”.

Esas iglesias-comunidad se construyen con una sola materia prima: las personas alrededor de Jesús, no necesariamente adentro de cuatro paredes, y, por tanto, pueden funcionar muy bien con templos, pero pueden funcionar muy bien sin ellos.

La pandemia, Dios quiera, puede dejarnos esta gran enseñanza: si la iglesia no busca denodadamente “convertirse” y “nacer de nuevo”, volver al “donde hay dos o tres reunidos en mi nombre”, renunciar a la institución y privilegiar la relación, descartar la membresía por la comunión y, sobre todo, si la iglesia no comprende que la espiritualidad es multicolor, como la sabiduría de Dios, y por tanto no puede encorsetarse en rígidas estructuras eclesiales, estará firmando, a corto o largo plazo su certificado de defunción.

Una congregación no es iglesia. Iglesia somos todxs lxs que creemos en Jesús y nos reunimos, nos buscamos, nos queremos, nos atraemos, nos amigamos, nos llamamos, compartimos, hacemos comunidad alrededor de Jesús, en el templo, o bajo un árbol, una siesta cualquiera de verano escuchando el canto de las cigarras. + (PE/Cordialmente)

1)  Fanum = Templo y pro= fuera
2) Acaso podamos entender que cuando dijo que de ese templo no quedaría piedra sobre piedra y, más, que en tres días él lo reconstruiría, estaba llamándonos a una espiritualidad por fuera de los cánones establecidos, una espiritualidad profana que no por profana era menos sacer
.

Artículo publicado en Cordialmente de PASTORESxlaGENTE.

(*) Eliana Valzura Licenciada en Letras por la UBA. Máster en Teología por FIET/SATS
SN 306/20

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